5 de septiembre de 2015

el viejo hábito

Tengo un hueco en el pecho, un hueco crónico, del que a veces sale algo parecido a un humo verduzco.

 Bien me lo dijo Laura, aquella rubia del pasado que no entendía para qué hacía yo deporte durante el día si por la noche terminaba fumando de nuevo. Pero es que ella no me conoció de noche, o al menos tanto como yo quise. De ella solo sabía (y ella solo sabía de mí) por ratos, buenos, como ataques de serotonina que parecen permanentes, pero que no duran, que no dan chance a la costumbre, y cuando ella se iba, llevando consigo su aroma a vainilla, ahí quedaba yo, como todas las noches con o sin ella, sentando fuera de mi casa, fumando mientras filosofaba con mi perro, el único perro que tuve, fumando mientras buscaba en el cielo alguna estrella que no debía olvidar, y disfrutaba ver el humo perderse entre la niebla de la media noche, o entre los techos de las casas vecinas. Ella fue de esos eventos cósmicos que me tomó mucho humo poder opacar.

Recuerdo cuando mi familia me decía que dejara de fumar, y lo dejé un par de veces, siempre por las razones equivocadas, nunca por mí mismo. Yo siempre quise fumar, pero si lo dejé por algún tiempo fue por cumplir con un par de compromisos, pero al final volví, porque nadie, ni usted ni yo, nunca hemos dejado totalmente de buscar hacer lo que nos gusta.

Hace tiempo ya nadie me visita. No recuerdo en qué momento vinieron a sacar todas mis sábanas. Debieron ser mis hermanos con el pretexto de que olían a cenicero bar de mala muerte y necesitaban algo de aire,  pero se fueron y las dejaron tendidas sobre mis cosas; sobre mi mesa, mi sillón de ver el fútbol los domingos, mi mecedora de leer a Neruda e imaginar que ese inquieto mar chileno estaba al otro lado de la calle, mecedora que conservaba en el patio, viendo hacia el poniente, pero que vinieron a dejar en medio de la sala, viendo caprichosamente hacia una vieja fotografía en la pared, fotografía que por cierto hace años en un ataque de dignidad y orgullo, de esos males propios de la juventud, juré que había destruido, pero que guardé de modo egoísta (su sonrisa era una memoria, una tortura, digna de inmortalizar).  Igual ya me acostumbré a sentarme aquí a recitar de memoria el Poema 20, mientras también de memoria, mecánicamente, saco de mi bolsa otro cigarro y me lo fumo en media sala, frente a ella. De todos modos, desde que nadie me volvió a visitar, ya no me importa fumar dentro de la casa pues a nadie incomodo; nadie con un tocido lejano hace salir mi culpa del subconsciente y me obliga a alejarme dos pasos involuntarios de la dirección de donde proviene el sonido, como si dos pasos fueran suficientes para espantar la pena de esta alma, o para no matar lentamente a alguien más.    

 Es algo psicológico. Alguna vez me lo dijeron. Todos tenemos algún bichillo por ahí escondido, algún monstruo miniatura de mueca cómica y vacía que nos impulsa entre risas y voces en el oído en medio de la noche a sosegar al dios interno de la culpa mediante un acto de auto sacrificio destructivo, y hay quienes se comen las uñas, o se arrancan el pelo de uno en uno, y habrá uno que otro loco que se tire de un puente, quienes a propósito no cumplan sus metas en la vida, quienes culpen a los demás de sus desgracias, y quienes terminen por consumir cualquier sustancia, como un inocente cigarro, que los destruya mientras ellos piensan que les da placer. Lo anterior según los entendidos. Mas hay también un grupo selecto de estos mencionados, estos que solo optan por enamorarse, obsesionarse (en muchos casos, con esa persona que los destruye mientras ellos piensan que les da placer, curiosamente), pero eso ya es cosa de los que nunca entienden.
 
A veces quisiera dejar de fumar, pero creo que ya no tengo necesidad de cuidar mis dientes. Ciertamente el mundo ya no necesitaba esa parte de mí;  un día de tantos desperté, y al ver mi dentadura en un vasito sobre la mesa de noche, y sentir en mi espalda un dolor que nunca había sentido, solo me dio por reír y esperar verme pronto trepado en una pared al estilo de Gregor Samsa. Fue cómico al inicio pero luego de un rato, entre meditaciones profundas descubrí que desde años atrás mi familia ya me veía como ese personaje. A veces salía a jugar con los nietos de mis hermanos, pero era un bicho raro que andaba por ahí incomodando a la gente con mi mirada y mi silencio, mis gritos silenciosos, y cargando con cierto caparazón de apariencia metálica. Ya luego era yo quien se quedaba fuera de mi casa mientras todos los chiquillos corrían a refugiarse en de mí en su interior, y mis hermanos ya solo se reían, con cierta risa forzada que no decía nada. Fue ahí donde tomé cierto cariño por esa mecedora y los poemas de Neruda, porque además ya a nadie le gustaba caminar hacia ese punto del patio solo para decirme que de nada valía cargar un tanque de oxígeno con mi derecha si con la izquierda no hacía más quemarme un poco más por dentro, y por ratos poner esa foto en mi regazo y fumar, y el resto del tiempo sostener un libro. Pero, ¿qué esperan de alguien que desde hacía muchos ya no tiene nada que perder?


A veces la extraño, y extraño ese último abrazo de amor luego de acompañarla a hacerse ese último tatuaje (porque si algo amaba era abrazarla, por minutos, horas, días enteros de lejanía abrazándola en la memoria), o tal vez solo extraño no sentirme solo en esta casa, o tal vez solo la extraño por completo, sin pretextos,  pero si de algo estoy seguro, es que extraño esos tiempos cuando no tenía este hueco atrincherado en mi pecho, el cual conforme crecía y se hacía cada día más visible, como un parásito insensato, también iba queriendo matarme, mas heme aquí, conviviendo con mi asesino, rondando los pasillos de esta vieja casa de madera, perdiéndome de noche como humo de tabaco entre la niebla, susurrando viejas rimas a una foto amarillenta, y dejando salir quejidos de otros tiempos por entre las membranas de eses hueco maloliente que comencé a apreciar sin darme cuenta.

¿No les pasa que tienen ese vicio, esa primera imagen que viene a sus mentes cada día al despertar? 

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