9 de febrero de 2014

de adoquines, hacer fila, recordar y vainas de esas

Las luces de la ciudad me atraen, me absorben; rojo y amarillo predominan en los letreros luminosos. Tal vez sea debido al fútbol o la política, pero definitivamente no a la religión. Recuerdo la vez que me explicaron sobre el poder de los colores y recuerdo que son las 5:3o y no he siquiera almorzado. La ciudad me habla en claves. La ignoro para no desviarme. Camino con rumbo al restaurante que me gusta visitar a veces, casi nunca para no destinarlo a ser parte de la rutina. Miro las caras de la gente en mi camino en busca de la casualidad de topar con alguna conocida. Todos se me hacen desconocidos. Luego de pocas cuadras llego al restaurante, también me habla en claves, el aroma me transporta en el tiempo. Trato de pensar lo menos posible mientras disfruto mi almuerzo-cena. No quise agrandar el combo aunque me ofrecieron helado. Hoy no quiero helado.   

Hace frío al salir. Saco de mi bolso el abrigo que solo uso cuando ando por acá. No es mi ciudad, a veces ni siquiera mi país. Camino hacia la terminal de buses. Apuro el paso para alcanzar un grupo de personas y no parecer que camino solo. Las personas apuran su paso al notarme justo detrás de ellas. De pronto he obtenido cierto poder y me hace gracia pensar en la seguridad que pueden así obtener los malhechores al descubrir que casi todos reaccionamos confusos ante un desconocido.

Llego a la terminal y subo las gradas hasta llegar a la ventanilla de tiquetes. Me enamoro de una morena algo alta que pasa a mi lado. Ella ni siquiera me mira. Debe ser la constante en el amor a primera vista, y en la mayoría de clasificaciones restantes. Me dirijo de nuevo hacia las gradas para tomar el autobús y antes de bajar el primer peldaño me vuelvo a enamorar, ahora de una rubia algo tímida sentada en una banca con la mirada perdida en el piso, como esperando a alguien que no ha de llegar muy pronto, y por lo tanto aún no hace falta buscar entre la gente. Por no ver por donde voy doy un paso en el aire esperando el escalón de la grada y me veo de pronto desbalanceado en la rampa para discapacitados. Un par de piruetas me sirven para no caerme. No me importa si alguien me vio. Sé que ni la rubia ni la morena lo hicieron.

Luego de una larga fila me encuentro frente a la puerta del autobús y no encuentro mi tiquete entre mis cosas. De repente el papelito que dos horas después no tendrá valor alguno, se vuelve de los objetos más preciados para mí. Lo encuentro en la bolsa de mi camisa. Odiaría hacer de nuevo la fila. Hay muchas cosas que odiaría tener que hacer de nuevo; odio por ejemplo tener que enfrentarme a ese ejército de burócratas, solo para que uno de tantos me indique que sigo sin tener trabajo suficiente, odio tener que explicarle a alguien el significado del tatuaje en mi brazo (como si nadie analizara libros y todos le pidieran al autor que le subraye y explique cada metáfora). Odio también que mi lista de cosas que odio sea más grande que la lista de cosas que amo, y odio haberme mareado en el bus porque no pude irme en el asiento de la ventana (es de lo que más odio, aún más cuando por ir en el asiento del pasillo alguien me golpea con el bolso).

Arribo a mi destino y el aire fresco suaviza un poco mi humor al bajar del bus. Camino a casa paso frente a la cafetería de la esquina y recuerdo que antes también me había enamorado de la flaca que trabaja ahí como mesera. Con mi atormentante defecto de tener una mueca para cada emoción y no poder disimularla, sospecho que ella ya debe haberse dado cuenta.

 Al llegar a casa la soledad me recuerda por qué debo dejar de usar mal eso de enamorarse, y me repito que el enamoramiento unilateral no existe, que no es un acto individual, y es casi tan ridículo e inútil como si un vikingo le declarar la guerra a una constelación, o un panzer alemán atacara al viento, o un guerrero azteca quisiera  por siempre abrazar la corriente de agua del arroyo, mas es ahí donde me ataca un ataque de analogías baratas y encuentro algo romántica la dependiente relación del vikingo y las estrellas al cruzar los mares, o me da por pensar en la dramática complicidad del sonido que produce el misil al cruzar el aire anunciando que algo o alguien terminará en pedazos, o imagino lo oscuro de las intenciones del guerrero pues más que abrazar a la corriente tal vez solo desea lavarse la sangre de su enemigo, y es ahí cuando me enfrento mí mismo y me pregunto si todas esas relaciones no cuentan con algo de amor de por medio.

Y de puro rebote me da por recordar, y de recordar paso a extrañar, y de extrañar paso de nuevo a recordar, y es así como recuerdo que el primer lugar en mi lista de cosas que odio es que odio enamorarme y por eso a veces trato de no usar esa palabra y me recuerdo a mí mismo que eso solo se llama atracción, y recuerdo que odio en especial tener que hacer de nuevo esa fila cada vez que pierdo el tiquete (o más bien las ganas, o la ilusión, o la paciencia, o solo me comporto como un idiota, lo cual es lo más común), y sonrío un poco cuando me toca recordar que todo al inicio es bello, y que basta con dos personas para representar a la humanidad entera, y recuerdo las veces en que alguien ha sonreído con mis chistes, y luego mi cara pierde elasticidad y recuerdo cómo en ese momento cuando uno no puede estar más feliz, simplemente lo sabe; ha llegado al tope, y efectivamente tanta felicidad no es sostenible, nos es sano verse tan vulnerable en una sociedad de amargos y reprimidos… y ya no se puede, y ya me da pereza, y ya no me hace gracia, y ya no quiero visitar a tu mamá, y ya no me quiero quedar a dormir, y ya no quiero que trates a Rufo como si fuera nuestro hijo porque de todos modos es solo un perro, y ya es hora de que vuelva a salir con mis amigos, y ya es hora de que te responda con un simple “ok”, y de pronto ya es hora de que ojalá te mueras o al menos entiendas que no haces más que robarme la paz, e inevitablemente a alguien le duele, y a alguien le vale poco, o tal vez también le importa pero quien manda al otro para el carajo por regla debe ser la persona fuerte de la ahora no-relación, y de pronto te topas a alguien por la calle y sabes que le gusta el helado de caramelo, o que odia el fútbol pero le encanta las piernas de los futbolistas, o que nunca le gustó el ciclismo en realidad, y a pesar de todo eso no es más que un ente sombrío y desconocido que pasa a tu lado un domingo por la tarde entre la gente con la mirada clavada en los adoquines del boulevard.

Son las 10: 45 y me invade algo de ansiedad. Luego de preparar una taza de té recuerdo que mañana es lunes y eso significa que debo preparar también el material para mi clase, y luego de acordarme de los burócratas que ya no quieren parecerlo y comenzaron a comer “light”, recuerdo también que de seguir igual no tendré trabajo el resto de días de la semana y me pongo a pensar en qué podría hacer para sobrevivir; se me ocurre vender mis libros viejos pero ya casi nadie lee, ni aunque los regale, y apelo entonces a la emotividad de la gente y se me ocurre fotocopiar y vender algunos sonetos de Pellicer o poemas del Crepusculario de Neruda o Rimas y Leyendas de Bécquer (porque esos libros sí que nunca los regalaría), pero es la misma historia, a casi nadie le gusta la poesía, y mucho menos si fuera de mi autoría. Pienso entontes en qué más podría hacer para ganarme la vida y entre todas mis ideas se me ocurre que podría dar clases de manchones al óleo, muñequitos de palo victorianos, guitarra abstracta, o mediante el condicionamiento enseñarle a un perro a ser arrogante e independiente como un gato, y enseñarle a un gato a ser como un perro para la típica señora de los gatos (aunque al final la señora se condiciona sola y termina pensado que sus veinte gatos son tan cariñosos como un perro). Podría también vender tiquetes de barco sin miedo a echarse al agua en caso de naufragio o simplemente porque a usted le da la gana tirarse al agua, helados que no empalaguen, comida chatarra que no engorde, lunares sexys para cualquier parte del cuerpo, relaciones sin miedo ni dudas, o manuales de 3 pasos para aprender a mandar al diablo a la gente prejuiciosa, y a los vendedores de tarjetas, negocios piramidales y puritanos y predicadores varios que pasan prometiéndole a su prójimo paquetes de viaje al infierno.

A todo esto, disculpe ¿Para qué trámite me dijo usted que es esta fila?  


4 comentarios:

Xana dijo...

voy por los lunares y el manual de 3 pasos

Michael dijo...

Listo! Este mes estamos en 2x1 jaja

Sgroya P dijo...

...excelente relato!

Que tengas buen Domingo.
Besoss!!

Michael dijo...

Gracias!

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