9 de noviembre de 2014

extracto

"Juan Pedro Artola Barquero, mejor conocido en el pueblo como el Profe Juan. Un hombre de esos raros: ni flaco ni gordo, de esos que no tienen la edad estampada en su cara, podría tener 30 o 50; sus arrugas no son las mismas todos los días. Se sorprenderá cuando lea el expediente. ¿Que cómo es él? Bueno, él es algo reservado, y no digo que sea mala gente o mal encarado, pero se lo pongo así: si usted no lo conoce y le llega de la nada a hacer conversación, pues topará con un hombre con un semblante tal que pareciera que se está hablando con un indio de palo, o de piedra más bien. Es un hombre de pocos amigos y escasos gestos en público. En otros tiempos la directora Julieta hubiese dicho que uno es amigo de Juan hasta que logra sacarle una sonrisa, pues lo definía como un gato uraño de esos que saltan de techo en techo, y a nadie se le acerca a menos que le dejen por ahí un platico de comida y se alejen un poco y se escondan para que llegue a probarla, y tal vez vuelva por otro poco de comida en caso que la intención no sea envenenarlo.


 Pero yo le diría más bien que si Juan algún día se saca las manos de las bolsas y le da un abrazo, sepa que ese día Juan Pedro Artola Barquero es su amigo, casi su hermano. Pero no le diga que es su amigo porque no le gusta el término “Amigo”, usted sabe, para muchos semejante palabra suele traer consigo un compromiso muy grande" 

16 de julio de 2014

sueños de un niño que espero a ser viejo para recordarlos

Cuando era niño soñé con ser muchas cosas. Por un tiempo soñé con ser policía, y resulta algo idílico volver hacia tantos atrás años y pensar que en algún momento hubo en mí el deseo de un mundo mejor al defender a las personas buenas de las malas, mas cuando cumplí unos cuantos años más entré en una enorme confusión al caer en cuenta de que no existe tanta gente mala, y en su lugar, la mayoría de las malas acciones de alguna y otra forma provienen de la gente buena, y por otro lado uno aprende que conforme avanza por la vida comienza a toparse con gente mala, que de la nada aparece salvando el día. Tremenda confusión que por dicha nunca me invadió durante mi niñez, pues rápidamente abandoné mi deseo de ser policía, tal vez en parte dado a que conforme fui creciendo fui viendo en la televisión cómo ser policía también era peligroso, y nació en mí cierto concepto sobre defender la causa ajena, y más luego de repente me di cuenta que la gente que busca sin interés el bienestar de un desconocido termina lastimado más rápidamente que quien se muestra indiferente. Debería darnos vergüenza gente. 

Conforme avancé en mi infancia luego quise ser bombero, y vaya que tenía sentido: Al final también ayudaría a la gente, solo que sin tener que luchar con otra gente para lograr mi objetivo, sin embargo con el paso del tiempo descubrí que, punto primero; me encantaba el fuego, y recuerdo ver a mi padre regañándome porque siempre andaba buscando alguna basura para quemar, y es que disfrutaba ver cómo las cosas cambiaban tan dramáticamente, y en un momento eran todo lo que por mucho tiempo estaban acostumbradas a ser, y de pronto solo eran cenizas, o un puño de plástico con alguna mueca de terror, o en el peor de los casos una cicatriz en mis piernas. El segundo punto que me llevó a renunciar a mi idea de ser bombero fue que al vivir en medio de la nada, sin mucha gente para conversar, ser el hermano menor implicaba que mis hermanos poseyeran cierta tendencia a disfrutar de sobremanera al traerse abajo cualquiera de mis iniciativas por cambiar el mundo, y fue así como no tardaron en traerse al suelo entre burlas mi idea de asistir algún día a la universidad de bomberos (a lo cual debo agregar que aún hoy en día les recuerdo que sí existen instituciones que brindan estudios para quienes desean especializarse en la labor) 

Pasados algunos años recuerdo que un día de tantos soñé con ser astronauta, y recuerdo bien cómo disfrutaba contándole a mis compañeros de escuela sobre cómo cualquier cuerpo no tenía peso en el espacio exterior, y sí, incluso un camión o una casa por grande que parecían en ese entonces no tenían ningún peso allá afuera, y fue así como con palabras más simples y sin saberlo les fui explicando cómo en el espacio exterior las intenciones sí valían, y que con solo el toque de un dedo era posible mover una montaña entera, y que esta se seguiría moviendo eternamente en el espacio mostrando así que allá afuera toda voluntad tenía la característica casi única de ser inquebrantable. A lo anterior debo sin embargo agregar que, sospecho por mi ignorancia e inocencia, nunca le añadí la parte mala, pues del todo el ejemplo de la voluntad no era cierto si tomamos en cuenta que cualquier cuerpo puesto en movimiento sí podría ser detenido si tan solo encontraba con otro cuerpo con la capacidad suficiente para hacerlo, o bien atraerlo, mas esto no es muy común en el espacio pues según los científicos casi nadie vive ahí afuera (lo cual antes de dirigirme al siguiente atestado no sé con claridad si es una ventaja o una desventaja), y es algo más que olvidé explicarle a mis compañeros, y temo que si alguno sí logró volverse astronauta me ha de maldecir cuando sepa que no le informé completamente sobre estar ahí; Resulta que nunca les conté que (poniéndome técnico) el sonido se transmite en forma de ondas a través de la materia, y al no haber materia en el espacio, pues no es posible hablar por esos lados, lo que si preguntan por mi opinión debe ser bastante aburrido, y lo cual también he de imaginar que como a mí, les recordó al célebre Principito que a pesar de tener una flor parlante en su propio planeta, se vio encantando al visitar otros planetas y hablar con otras personas, claro, hasta que llegó a la tierra y ya sabemos cuál fue el precio que pagó por venir, pero bueno... Lo importante acá es que no resulté astronauta, aunque al parecer de este deseo me quedó gustando eso de contarle cosas desconocidas e interesantes a los demás, y resulté siendo un profesor aunque nunca tuve ese sueño de infancia en específico. 

A pesar de que ya no tendría gracia continuar con el resto de mis profesiones soñadas de infancia ¿Les conté que de niño también quise ser doctor? Alguna vez quise serlo, y si bien fue un deseo demasiado efímero como para recordarlo, existe una promesa que le hice a mi madre al respecto, y es genial porque de vez en cuando la recuerdo y me causa gracia pues hace un tiempo tuve la oportunidad de trabajar en un hospital, y todo estuvo bien hasta que me informaron que parte del trabajo consistía en entrar en contacto directo con la sangre, y mi respuesta inmediata fue un NO (por todos los cielos hombre, es un poco difícil no tener que ver con sangre en un hospital). 

...Creo que me estaba saliendo un poco de mi infancia con este relato del hospital. A ver si recuerdo dónde quedé... ¡Sí! ¡La promesa! Pues cuando era un niño un día de tantos de la nada y haciendo uso del conocimiento que no sé cómo tenía sobre el tema, me acerqué a mi madre y le dije textualmente: "Mami, cuando sea grande quiero ser doctor para tener mucho dinero y comprar un carro y llevarla a pasear donde usted quiera", y ya ven que bueno, no me convertí en médico (porque luego también descubrí que ser doctor no es sinónimo de ser profesional en medicina), y justo hoy tuve que tomar un taxi porque comenzó a llover a medio camino hacia la terminal de autobuses.  

Claro, yo sé, por descarte se imaginará usted que no he cumplido mi promesa (junto con muchas otras que no viene al caso mencionar), pero ya ve que del todo no es mi culpa. Creo que desde un inicio no debí soñar con ser astronauta y vivir en el espacio, pues a mis 27 años apenas y vengo terminando de enterarme de que otra desventaja de (como en mi caso) vivir en el espacio, es que conlleva olvidarse de la gravedad, y por ende la necesidad de poner los pies en la tierra de vez en cuando.  

La promesa sigue en pie doña Lidia. 

1 de julio de 2014

Monólogo

Generalmente me despierto de lunes a viernes a las 4:30. Odio madrugar pero me dijeron que este horario será temporal. Como si fuera un preso de todas formas cuento cada día que pasa aunque serán pocos; ya llevo 27, y creo que seguiré contando días aún cuando madrugar ya no sea tan necesario. 

El contexto me bombardea desde todas direcciones, y como si fuera atacado por la guerrilla en plena selva no sé hacia dónde correr a refugiarme. Todo es nuevo en este lugar, y diría que también todos son nuevos, sin embargo caigo en cuenta de que el nuevo aquí soy yo así que no les hago mala cara. Al menos logro pasar desapercibido entre la gente, me camuflo a veces, y no todos me miran, o tal vez nunca sacan el tiempo para mirar al tipo de persona en el barrio que llega por un tiempo y luego solo se va. Habrá que ganarse el derecho a punta de solo permanecer.   

Debo confesar que tampoco es que todo es tan nuevo por acá. Hay cierto aroma que vine a identificar en este lugar, el cual dada mi ruralidad me da por llamarle ciudad (aunque quienes he llegado a conocer se rían cuando digo que esto es una ciudad). ¡Ah sí! ¡El aroma! Pues es el mismo que muchos por acá conocen, medio dulce, medio confuso pero hilarante, medio peligroso, medio el parque de casi todos los barrios de noche. 

Ser de un pueblo pequeño es interesante. A veces cuando aún no amanece y voy camino al trabajo me da por recordar el trayecto de 100 metros entre mi casa y mi antiguo trabajo, y las 100 personas que me saludaban y las 101 que yo terminaba saludando, mas por aquí resulta curioso ver la cara de extrañeza de una o dos personas al abordarlas con uno de mis saludos de pueblo. Una parte de mí me sigue diciendo que todos por acá no deben ser así, y es solo que he topado con pura gente que también detesta madrugar.

¿Qué? ...Bueno, de acuerdo señora, ya no le robo más tiempo. Póngase los audífonos. 

2 de mayo de 2014

relato ficticio de un día de lluvia real (o viceversa)

De pronto estamos en mayo, y por las calles andan los abuelos pidiendo abejones mientras los jóvenes se preguntan si estos tales abejones serán alguna aplicación gratuita. Mas parece que septiembre se ha equivocado y le ha quitado su puesto, y no ha parado de llover desde finales de abril, y el cielo está gris, y el viento frío invade los huesos de quienes habitan estas calientes llanuras, y les cambia el semblante de solo recordar. 

Mi paraguas está roto. Se estropeó solo de falto de práctica. Las gotas de agua se filtran por entre sus partes y aterrizan en mi nuca, frías, burlonas, mientras espero el autobús y me percato de que las personas a mi lado padecen del mismo mal, pero ¿Qué sería de un día de lluvia si uno no se moja al menos un poco? 

Parte de la evolución humana nos ha hecho olvidar que a pesar de todo somos animalitos diminutos, sedientos, provenientes del agua, necesitados de ella, fascinados por su brillo al jugar con la luz, temerosos de ella cuando no para de caer, y nos arrebata de donde nos sentimos seguros, y nos ahoga, y nos vuelve a dar vida. Solo la tratamos de esquivar para darnos cierto estatus.

Subo al autobús y huele a humedad, a gente mojada, a zapatos mojados, a ventanas cerradas, a silencio mojado, a diluvios de ideas sin tiempo empapadas. Huele a gente empapada de un mayo indeciso. El autobús va a medio llenar y nadie está sentado junto al otro, sería atípico además. Sentarme junto a un desconocido pudiendo estar solo. Compartir, contarle sobre mí, o escucharle, suena a disparate. Ni la lluvia y el viento lo lograrían en casi todos los casos. 

Me siento en la parte trasera. Me brinda cierta seguridad. Puedo mirarlos a todos pero nadie me mira mientras los analizo por la espalda. Contrario a lo que es usual en la mayor parte de la vida; nadie mira hacia atrás, y si lo hace será porque el chofer ha vuelto a ver primero, lo cual vendrá acompañado de un gesto extraño por parte de cada persona que voltee para conocer la razón. Disimulo inútil. La gente entra con sus paraguas llenos de agua los cuales crean ríos artificiales en el pasadizo. Señoras con niños berrinchosos provocando que la gente odie sin saberlo los días de lluvia un poco más, jóvenes sin paraguas con una mar en los zapatos, entrado triunfantes como subiendo los escalones hacia la cúspide de su rebeldía, y la viejita cuyos ojos de nubes ya todo lo han visto un día de lluvia (y que a diferencia mía lleva años sin perder su paraguas), y por último yo, yo que no me describo de más porque solo sé mirar por la ventana y la gente que mira por la ventana del bus durante un día de lluvia de seguro dejó la mitad de sí en otro lugar.

Llego a mi negocio justo cuando la lluvia comienza a dar tregua; un local comercial convertido en centro de estudios, ubicado justo en el centro de una ciudad deseosa de no aprender nada nuevo. También vendo libros, o al menos lo intento. pero a la gente tampoco le gusta leer por acá. El calor típico de la zona hace que la gente no pase tiempo en su casa con un libro, o en el parque, o en la luna ¿Pero quién soy yo para venir a querer cambiar la cultura de este lugar que ya de por sí no tiene? Nadie dijo que querer cambiar el mundo es un negocio rentable. 

Hago números mientras mi cabeza no termina de gotear agua que ya no sé de dónde sale. Deudas por acá y por allá, el alquiler que no se paga solo, el teléfono que cada vez está más caro pero ya casi no sirve para causar una sonrisa, el recibo del agua por la que sí pago mientras huyo en la acera del agua que nos dan a todos sin cobrarla, la electricidad que debería aprovechar para darle choques a mi sentido común de vez en cuando. Y el frío que es gratis un par de veces al año. 

Mi cabeza ya no da para recuerdos amorfos, efímeros, coloridos como una nebulosa en el espacio (o un suspiro), y en cambio mi hemisferio derecho se cambió de bando y he comenzado a ver el mundo en formas matemáticas; ángulos, números primos, y otros huérfanos, y casi siempre termino con uno de esos dolores de cabeza al cuadrado, y estoy seguro de que un día de tantos despertaré y dejaré de ser zurdo, y Lucy in the Sky with Diamonds ya no me gustará tanto, y tal vez el agua fría en la nuca no me cause más de estos ataques de introspectiva. 

Pero tiene su parte buena cuando se ocupa la cabeza con asuntos de gente seria. ¿Les ha pasado que van por ahí tranquilos, o están en un bar, o solo sucede que al diablo amaneció de buen humor, y de la nada, cuando la música tiene horas de sonar sin que nadie se haya percatado, escuchan esa canción? ¿Esa típica canción que es como un virus, que se cola en segundos por todo el sistema, y vulnera la única parte débil que tiene el olvido, y abre esa carpeta que contiene el último rastro de recuerdos que teníamos de esa(s) persona(s). Esa canción que se trae abajo el día? Pues mi cabeza ya no da para eso, y mis problemas son casi tan efectivos contra los recuerdos como lo es mi paraguas con la lluvia, salvo que a diferencia de mi paraguas, nunca he logrado dejar mis problemas perdidos con tal facilidad. 

Y es que parte de formar parte ahora de la gente seria, es que debo guardarme del todo la incertidumbre que me provoca el ahora no recordar qué o a quién extrañar en un día de lluvia, y entonces comienzo a preguntarme ¿A quién se le ocurrió esto? ¿Será un cliché, algún horóscopo acertado, o solo Freud  tratando de hacerme leña con alguna de sus teorías? ¿O será que en lugar de incertidumbre debo sentir que he superado esa etapa flemática de la vida en que todo se debe extrañar como si el futuro fuera un eterno día de lluvia sin propósito ni remedio? ¿o será que solo soy un tonto que debería dejar de comprar paraguas de esos que se consiguen a 2 por mil con esos vendedores clandestinos que solo aparecen cuando se viene un aguacero? ¿O será que en serio los días de lluvia tienen cierto poder, y es peor para quienes intentan resistirse? 

9 de febrero de 2014

de adoquines, hacer fila, recordar y vainas de esas

Las luces de la ciudad me atraen, me absorben; rojo y amarillo predominan en los letreros luminosos. Tal vez sea debido al fútbol o la política, pero definitivamente no a la religión. Recuerdo la vez que me explicaron sobre el poder de los colores y recuerdo que son las 5:3o y no he siquiera almorzado. La ciudad me habla en claves. La ignoro para no desviarme. Camino con rumbo al restaurante que me gusta visitar a veces, casi nunca para no destinarlo a ser parte de la rutina. Miro las caras de la gente en mi camino en busca de la casualidad de topar con alguna conocida. Todos se me hacen desconocidos. Luego de pocas cuadras llego al restaurante, también me habla en claves, el aroma me transporta en el tiempo. Trato de pensar lo menos posible mientras disfruto mi almuerzo-cena. No quise agrandar el combo aunque me ofrecieron helado. Hoy no quiero helado.   

Hace frío al salir. Saco de mi bolso el abrigo que solo uso cuando ando por acá. No es mi ciudad, a veces ni siquiera mi país. Camino hacia la terminal de buses. Apuro el paso para alcanzar un grupo de personas y no parecer que camino solo. Las personas apuran su paso al notarme justo detrás de ellas. De pronto he obtenido cierto poder y me hace gracia pensar en la seguridad que pueden así obtener los malhechores al descubrir que casi todos reaccionamos confusos ante un desconocido.

Llego a la terminal y subo las gradas hasta llegar a la ventanilla de tiquetes. Me enamoro de una morena algo alta que pasa a mi lado. Ella ni siquiera me mira. Debe ser la constante en el amor a primera vista, y en la mayoría de clasificaciones restantes. Me dirijo de nuevo hacia las gradas para tomar el autobús y antes de bajar el primer peldaño me vuelvo a enamorar, ahora de una rubia algo tímida sentada en una banca con la mirada perdida en el piso, como esperando a alguien que no ha de llegar muy pronto, y por lo tanto aún no hace falta buscar entre la gente. Por no ver por donde voy doy un paso en el aire esperando el escalón de la grada y me veo de pronto desbalanceado en la rampa para discapacitados. Un par de piruetas me sirven para no caerme. No me importa si alguien me vio. Sé que ni la rubia ni la morena lo hicieron.

Luego de una larga fila me encuentro frente a la puerta del autobús y no encuentro mi tiquete entre mis cosas. De repente el papelito que dos horas después no tendrá valor alguno, se vuelve de los objetos más preciados para mí. Lo encuentro en la bolsa de mi camisa. Odiaría hacer de nuevo la fila. Hay muchas cosas que odiaría tener que hacer de nuevo; odio por ejemplo tener que enfrentarme a ese ejército de burócratas, solo para que uno de tantos me indique que sigo sin tener trabajo suficiente, odio tener que explicarle a alguien el significado del tatuaje en mi brazo (como si nadie analizara libros y todos le pidieran al autor que le subraye y explique cada metáfora). Odio también que mi lista de cosas que odio sea más grande que la lista de cosas que amo, y odio haberme mareado en el bus porque no pude irme en el asiento de la ventana (es de lo que más odio, aún más cuando por ir en el asiento del pasillo alguien me golpea con el bolso).

Arribo a mi destino y el aire fresco suaviza un poco mi humor al bajar del bus. Camino a casa paso frente a la cafetería de la esquina y recuerdo que antes también me había enamorado de la flaca que trabaja ahí como mesera. Con mi atormentante defecto de tener una mueca para cada emoción y no poder disimularla, sospecho que ella ya debe haberse dado cuenta.

 Al llegar a casa la soledad me recuerda por qué debo dejar de usar mal eso de enamorarse, y me repito que el enamoramiento unilateral no existe, que no es un acto individual, y es casi tan ridículo e inútil como si un vikingo le declarar la guerra a una constelación, o un panzer alemán atacara al viento, o un guerrero azteca quisiera  por siempre abrazar la corriente de agua del arroyo, mas es ahí donde me ataca un ataque de analogías baratas y encuentro algo romántica la dependiente relación del vikingo y las estrellas al cruzar los mares, o me da por pensar en la dramática complicidad del sonido que produce el misil al cruzar el aire anunciando que algo o alguien terminará en pedazos, o imagino lo oscuro de las intenciones del guerrero pues más que abrazar a la corriente tal vez solo desea lavarse la sangre de su enemigo, y es ahí cuando me enfrento mí mismo y me pregunto si todas esas relaciones no cuentan con algo de amor de por medio.

Y de puro rebote me da por recordar, y de recordar paso a extrañar, y de extrañar paso de nuevo a recordar, y es así como recuerdo que el primer lugar en mi lista de cosas que odio es que odio enamorarme y por eso a veces trato de no usar esa palabra y me recuerdo a mí mismo que eso solo se llama atracción, y recuerdo que odio en especial tener que hacer de nuevo esa fila cada vez que pierdo el tiquete (o más bien las ganas, o la ilusión, o la paciencia, o solo me comporto como un idiota, lo cual es lo más común), y sonrío un poco cuando me toca recordar que todo al inicio es bello, y que basta con dos personas para representar a la humanidad entera, y recuerdo las veces en que alguien ha sonreído con mis chistes, y luego mi cara pierde elasticidad y recuerdo cómo en ese momento cuando uno no puede estar más feliz, simplemente lo sabe; ha llegado al tope, y efectivamente tanta felicidad no es sostenible, nos es sano verse tan vulnerable en una sociedad de amargos y reprimidos… y ya no se puede, y ya me da pereza, y ya no me hace gracia, y ya no quiero visitar a tu mamá, y ya no me quiero quedar a dormir, y ya no quiero que trates a Rufo como si fuera nuestro hijo porque de todos modos es solo un perro, y ya es hora de que vuelva a salir con mis amigos, y ya es hora de que te responda con un simple “ok”, y de pronto ya es hora de que ojalá te mueras o al menos entiendas que no haces más que robarme la paz, e inevitablemente a alguien le duele, y a alguien le vale poco, o tal vez también le importa pero quien manda al otro para el carajo por regla debe ser la persona fuerte de la ahora no-relación, y de pronto te topas a alguien por la calle y sabes que le gusta el helado de caramelo, o que odia el fútbol pero le encanta las piernas de los futbolistas, o que nunca le gustó el ciclismo en realidad, y a pesar de todo eso no es más que un ente sombrío y desconocido que pasa a tu lado un domingo por la tarde entre la gente con la mirada clavada en los adoquines del boulevard.

Son las 10: 45 y me invade algo de ansiedad. Luego de preparar una taza de té recuerdo que mañana es lunes y eso significa que debo preparar también el material para mi clase, y luego de acordarme de los burócratas que ya no quieren parecerlo y comenzaron a comer “light”, recuerdo también que de seguir igual no tendré trabajo el resto de días de la semana y me pongo a pensar en qué podría hacer para sobrevivir; se me ocurre vender mis libros viejos pero ya casi nadie lee, ni aunque los regale, y apelo entonces a la emotividad de la gente y se me ocurre fotocopiar y vender algunos sonetos de Pellicer o poemas del Crepusculario de Neruda o Rimas y Leyendas de Bécquer (porque esos libros sí que nunca los regalaría), pero es la misma historia, a casi nadie le gusta la poesía, y mucho menos si fuera de mi autoría. Pienso entontes en qué más podría hacer para ganarme la vida y entre todas mis ideas se me ocurre que podría dar clases de manchones al óleo, muñequitos de palo victorianos, guitarra abstracta, o mediante el condicionamiento enseñarle a un perro a ser arrogante e independiente como un gato, y enseñarle a un gato a ser como un perro para la típica señora de los gatos (aunque al final la señora se condiciona sola y termina pensado que sus veinte gatos son tan cariñosos como un perro). Podría también vender tiquetes de barco sin miedo a echarse al agua en caso de naufragio o simplemente porque a usted le da la gana tirarse al agua, helados que no empalaguen, comida chatarra que no engorde, lunares sexys para cualquier parte del cuerpo, relaciones sin miedo ni dudas, o manuales de 3 pasos para aprender a mandar al diablo a la gente prejuiciosa, y a los vendedores de tarjetas, negocios piramidales y puritanos y predicadores varios que pasan prometiéndole a su prójimo paquetes de viaje al infierno.

A todo esto, disculpe ¿Para qué trámite me dijo usted que es esta fila?  


3 de enero de 2014

Mi resumen del 2013

Pues me pareció interesante volver a ver hacia el 2013 y hacer recuento de un año algo movido. De verdad aprendí mucho durante esta última vuelta y conocí mucha gente y lugares geniales, pero bueno, sin mucho preámbulo, durante este 2013: 


  • Estuve dentro de un equipo de trabajo genial y aprendí a ser un poco más tolerante y llevarme mejor con mis estudiantes, aunque nunca falta a quien uno desea jalarle una oreja. Por otro lado, como le toca a casi todo interino en el MEP, para este año alguien pidió traslado para mi colegio (y mis lecciones), y luego de vacaciones tendré que dejar atrás tres de los mejores años de mi vida, muchos recuerdos y experiencias, y ubicarme en otra institución. 
  • Me llevé a 20 de mis estudiantes a hacer Servicio Comunal a Amubri, Talamanca, y debo confesar que ha sido de las experiencias que más me ha llenado como docente. 
  • Mis estudiantes no tuvieron el 100% de promoción en Bachillerato del 2012, pero sin duda fue una gran satisfacción lograr que pasaran Inglés tres muchachas que le tenían fobia, y que también tenían situaciones familiares muy duras. 
  • Me pasé al fin a vivir solo, y ha sido de las mejores decisiones que he tomado. 

  • Perdoné, aunque no a todas las personas que debo. 
  • Me hice al fin el tatuaje de mi abuelo (por cierto mi pimer tatuaje), aunque mi abuelo los odiaba.
  • Pasé (y sigo pasando) momentos muy difíciles con mi familia, pero esta navidad ha sido de las pocas en que nos logramos reunir todos, y en la que más hemos reído.
  • Como el más bombeta me le declaré a una amiga, me dijo que no, dejamos de hablar por un tiempo, y hoy somos como uña y mugre. 
  • De una manera muy extraña quise a alguien, y curiosamente con nadie fui este año más tonto que con ella. 
  • Anduve con alguien sin quererla, y tiene más contras que pros. 
  • Inicié a practicar ciclismo, y simplemente es genial. 
  • Bajé de peso, volví a subir en fin de año, y aquí ando volviendo a la dieta. 
  • Dejé de fumar, y heme aquí tratando de nuevo.   
  • Me reunir con mis viejos amigos de colegio luego de más de 8 años de no hacerlo. 
  • Confesé secretos que a nadie nunca le había dicho. 
  • Mentí y fui más egoísta más que nunca. 
  • Le agarré el gusto a sentarme solo en la barra de un bar a dejar pasar las horas. 
  • Le perdí le gusto a emborracharme. 
  • y por último, le agarré el gusto al momento y no tanto a planificar cada paso a tomar.

Que el 2014 me agarre confesado!! 

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