14 de octubre de 2013

Retomando el hábito

Hace tiempo había perdido la afición por inventarme algo, de crear realidades fantasiosas, tal vez porque ya de por sí mucho en mi vida era (o es) una fantasía constante. El caso es que más por una promesa que me hice a mí mismo hace casi tres años fue que comencé con esta historia, y le he dado muchas vueltas y le he ido cambiando mucho al argumento, y debo decir que no ha habido forma de darle aun final, pero ahí va poco a poco, dándole chance a los personajes de que evolucionen.

La verdad es que no creo que vaya más allá de un proyecto aficionado, aunque si algún día lograra un premio Magón no me enojaría. 

Lo chistoso es que conforme he ido avanzando con esto ha habido tiempos, meses, en los cuales no me da por escribir un renglón, o pensar al menos en una idea, un punto de giro al menos, y en cambio hay otros días en los que siento que debo dejar lo que sea que estoy haciendo para encender la computadora y, abrir el documento y darle un poco más de forma a la idea. 

Ha sido una "experiencia" algo interesante pues de cierta forma cada persona diferente que he ido conociendo en este tiempo me ha ayudado a aportarle más detalles a los personajes y hacerlos más reales. Pero bueno, el caso es que aquí hay un pequeño fragmento de la historia en la que al menos me entretengo. Esta es de las partes que más me gustan. 

Comentarios y demás son bien recibidos. 

....

El bote desde Tortuguero hacia el puerto de La Pavona salía a las tres de la tarde como cada viernes, desde el atracadero justo al lado de los pilotes desgastados de cemento que sostenían el viejo armatoste de madera del bar La Culebra, sobreviviente a medias sobre el agua pasante de la laguna.  Una vez iniciado el recorrido el bote dejaba la laguna para  adentrarse en la montaña a través el río La Suerte hasta llegar al río La Pavona y seguir hasta el puerto, sin embargo debido al pasar de los años La Pavona se había llenado de sedimento al punto que durante los últimos días de uso los mismos turistas tenían que bajarse del bote para empujar hasta llegar al cauce del río La Suerte y viceversa. En cualquier caso una vez en el río La Suerte, el cual tenía un caudal mucho más amplio, se podría decir que el bote ya marchaba sobre ruedas hasta llegar a Tortuguero (o sobre agua más bien, aunque nunca faltaba un tronco que la última llena pudiera haber dejado atravesado por ahí, escondido bajo el agua, como esperando al primer bote en pasar para hacerle una zancadilla). Debido a tal situación un día de tantos alguien tiró un puente sobre La Pavona y se las arreglaron para que los autobuses y demás carros pudieran llegar directamente hasta La Suerte.

Uy muchacho, qué calor ¿verdad? ¿Usted vive acá?” – Comenzó a conversarle a Juan Pedro una mujer sentada en el asiento de al lado en el bote. Ella era morena, joven, algo pequeña y de unos grandes ojos café claro, en la cual Juan halló incluso cierto semblante de virgen Inca, de esas que año con año describía a sus estudiantes como las mujeres destinadas a morir sacrificadas como seña de agrado a los dioses.

“Tal vez de tanto rezarle al dios sol es que terminan con esa piel color de agua de río revuelto” - Pensó Juan Pedro al analizar los brazos desnudos de la mujer, sin importarle que ella hacía ratos había notado tal fijación, y había apuñado sus mano sobre sus rodillas apretadas. 

“¿Usted es profesor verdad?”

“Sí ¿Cómo lo sabe?”

“Por ese bolso del sindicato. Los sindicatos no tienen tan buena fama como para que alguien que no es agremiado les haga propaganda”

“Cierto ¿Y usted trabaja en el minisúper de don Arturo?

“Sí ¿Cómo supo?”

“Por esa bolsa que lleva en la mano. Don Arturo no es tan amable como para que alguien lleve una bolsa plástica con su nombre estampado más allá del trayecto entre el súper a su casa, a no ser por desconocimiento o fuerza de costumbre. Y dado que yo la he visto unas cuantas veces por el pueblo, sospecho que no es una cuestión de desconocimiento. Eso o es usted muy despistada.”

Un tronco grande, tosco, que seguramente la corriente había arrancado río arriba una de tantas noches de lluvia, había decidido detener su curso natural hacia el mar y alojarse justo sobre un banco de arena que el río había formado en lo que el experimentado botero consideraba la parte más profunda de esa sección del río, y por lo tanto la mejor para dirigir el largo bote sin problemas. Un golpe seco, inesperado, un pequeño salto fuera del mundo, gravedad engañando al estómago, y un poco de agua en el rostro de ambos. Una sonrisa juguetona por un lado, una mirada insípida, pero incisiva por el otro.  

“Uy, mi brazo quedó empapado”

“Aquí hay un pañuelo”

Él sacó de una de las bolsas traseras de su pantalón un pañuelo perfectamente doblado y recorrió lentamente con su mano toda la longitud del brazo izquierdo desnudo de la mujer, para luego secar con su pañuelo unas cuantas gotas de agua, restantes, permanentes.     

Maldita excusa de ser un caballero. Por eso no me gusta siquiera voltear a ver a los desconocidos; Comenzamos hablando del clima, y del trabajo, luego le seco el agua del brazo, nos quejamos de los malos amores, y seguro después compartimos un rato en silencio, si se le puede llamar silencio, o tal vez dos ratos, y al final ya somos dos desconocidos que no nos hablamos más o lo hacemos de mala gana. Malditos troncos ocultos en el agua y su afición por joderme la vida.”

Juan Pedro ya iba secándole el brazo derecho, seco desde antes de abordar el bote, cuando de repente ya el bote estaba en el atracadero del rio La Suerte y el botero en la proa con la mano apoyada en el techo del bote en silencio esperando que ambos, los únicos aun en el bote, se bajaran para ir a tomar café al rancho donde se esperaba el autobús hacia Cariari. Sin decir siquiera un seco adiós ella se levantó del asiento de prisa, se bajó del bote tomando sin parar un pesado maletín que más tenía forma de un liviano hasta nunca, corrió, cruzó el parqueo aledaño al atracadero, y se subió a un camión ganadero, sin muestra alguna de boñiga ni ganado, cuyo conductor tenía más pinta de muñeco de cera de Clint Eastwood que de andar amarrando vacas por ahí. Por entre el los reflejos del sol en el parabrisas del camión Juan Pedro logró ver cómo un beso apasionado les quitó las ganas de saludarse con una o dos palabrillas genéricas. 

Malditos troncos de tierra firme que tienen por afición matarme el impulso

Juan nunca más volvería a verla, nunca tampoco pensó en ir donde don Ramiro a preguntar por su nombre al menos. De todos modos don Ramiro en serio le caía mal. 


   

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