12 de marzo de 2013

Unas cuantas observaciones sobre mi carrera.

Haciendo recuento diré que comencé a estudiar a los 21 años debido a que por un lado cuando salí del colegio la situación económica familiar indicaba que la prioridad era trabajar, y por otro lado, porque en mi pueblo ninguna universidad ofrecía la carrera que yo deseaba (y deseo). 

En fin. A pesar que mi gran ilusión fue ingresar a la UCR, no lo hice. Tal vez por ignorancia, tal vez capricho, orglullo, o todo lo anterior junto. En cualquier caso una universidad privada, de mala gana, fue mi única opción. Logré matricular gracias a la insistencia de mi abuelo y a los tercos y poco voluntarios 25000 colones que mi padre me dio para que matriculara por primera vez. Sí, no es chiste. Salvo esos 25000 colones, toda mi carrera me la he costeado solo, y me siento sumamente satisfecho con eso. 

Uno siempre maneja opciones. En mi caso la docencia surgió como algo natural. Amo las letras, la literatura, la historia; amo saber los por qués de todo lo que no conozco. Y soy docente, y lo hago muy bien. El año anterior incluso todos mis estudiantes ganaron el examen de Bachillerato en mi materia. Pero, a decir verdad, no me siento a gusto con mi materia, y eso me frustra. 
¿Cuál es la misión de un docente? Resulta una pregunta curiosa. Tal vez todos tuvimos en el colegio un profesor o profesora que nos cambió en algo, que hizo la diferencia en nuestra forma de escribir una letra, o ver el mundo entero. Esa es la misión. No hace falta explicar mucho. La misión de un docente es dejar una enseñanza, es lograr que las personas puedan ver más allá de lo que dice el manual de fábrica, y pensar, y crear, y enseñar que equivocarse es una forma de aprender. No hay más ciencia en la docencia que demostrarle a quienes no lo saben, que son capaces de hacer cualquier cosa. 

¿Pero por qué viene todo esto al caso?  Simple. Siento que no estoy haciendo ni la mitad de lo que arriba postulo. 

Una vez un profesor sin darse cuenta me enseñó que todos tenemos una deuda con nuestro país, y que debemos de alguna manera retribuirle todo lo que hemos recibido, y calaron tanto en mí esas palabras que decidí volverme docente, pues pensé que si él había logrado crear esa idea en mí, yo lo podría lograr en alguien más, y tal vez esa persona no sería docente, pero honraría a su país de cualquier otra forma. No voy a negar que creo que lo he logrado. De hecho pocas cosas me alegran tanto como ver ahora a mis antiguos estudiantes de colegio en su faceta de estudiantes universitarios, con cierto brillo en sus ojos, y ese extraño ímpetu por hacer la diferencia. Amo eso. 

Sin embargo, sigo sintiendo que no estoy en lo mío. Soy docente de Inglés, y amo trabajar con jóvenes, y me llena cuando tal vez llego al colegio un lunes con cara de muy pocos amigos y por una ventana escucho un "Hello Teacher!!", eso hace la diferencia. Pero Inglés siempre fue y será mi segunda opción, y aunque sea dedicado a mi trabajo, y dé lo mejor para que mis estudiantes cada día aprendan más y mejor, simplemente no estoy a gusto. 

No estoy a gusto porque hace uno tiempo cuando comencé en las aulas, la idea romántica de mi trabajo era enseñarle a mis estudiantes a analizar, ser críticos, hacer las cosas con gusto, leer lo que les gustara leer y decir lo piensan con libertad, pero de pronto me topé con un sistema que me indicaba que todo lo que pensaba estaba bien, y que toda esa filosofía era válida, siempre y cuando los preparara lo suficientemente bien, para obtener una buena calificación en una prueba estandariza, de esas que casi por inercia terminan midiendo la capacidad memorística de los estudiantes. De pronto pasé de enseñarle a la gente pensar, decidir, hacer por su cuenta, a solo memorizar, y en el peor de los casos copiar, pero lo peor es que lo estudiantes están tan arraigados a esto que ni siquiera pasa por sus mentes que haya otras formas de aprender (El discurso sobre qué tan devastador es esto para nuestra sociedad es amplio, por lo tanto procuraré evitarlo, aunque solo necesitamos echar un vistazo a la realidad de nuestra sociedad para darnos cuenta de cómo va la cosa). 

El asunto aquí es que mi idea, y mi ideal por mucho, es enseñarle a mis estudiantes a que sean lo suficientemente inteligentes y críticos como para puedan decir lo que opinan siempre, y que nadie les diga qué hacer, pensar o sentir, pero terminé impartiendo lecciones magistrales de cómo sentarse, qué memorizar y qué mejor no decir. 

Haciendo una análisis descubrí que en vez de formar integralmente a mis estudiantes, no estoy haciendo más que decirles que todo lo que hagan está bien, siempre y cuando se apegue a mi cuadrito de reglas gramaticales, o aparezca en el libro de texto, y que todo lo que digan está bien, siempre y cuando así lo indique el diccionario.

Y es que el problema acá no es el sistema. Todos venimos siendo un producto del mismo sistema, y aun así hay muchos que se resisten a formar parte. Creo que la única causa para este dilema es que no estoy a gusto con mi carrera. A pesar de que puedo sin dudarlo describir mi labor como excelente, y de que defenderé por siempre mi trabajo y el de mis colegas cuando alguien lo quiera poner por menos, esto simplemente no es lo mío. 

Pero muchos se preguntarían entonces cómo puñetas sé yo qué es lo mío. Pues he aquí el asunto. Hace un tiempo mis estudiantes me buscaron para que les ayudara a estudiar para el examen de Bachillerato en Estudios Sociales. Yo no tengo formación en la materia, pero de algo aún me acuerdo, así que accedí. Ese fue el detonante. Luego de unas cuantas horas de estudiar con ellos, sentí que había logrado más como docente, que lo que he hecho en estos años atrás con Inglés. Sin querer desde ese día me siento frustrado con mi trabajo.   
     
Qué trivial. Sin duda así es. 

El asunto aquí es que decidí cambiar eso, pues no hay nada más feo que sentirse frustrado con lo que se supone uno hará el resto de su vida. Por lo anterior terminaré mis estudios en Inglés, y me aventuraré en el mundo de los Estudios Sociales, porque eso sí, no me veo alejado de un aula. Si pudiera recorrería el mundo cantándole a la distancia, conociendo gente y escribiendo poemas por la tarde, pero creo que dentro de mis opciones, esta es la más cercana.  

En fin, creo que así tendré más oportunidades de cambiar este loco mundo. Esa será mi táctica y mi estrategia. 

2 comentarios:

@joraguer dijo...

Muy acertado en todo el texto.

Es cierto que formamos parte de un sistema que busca mantenernos en el y en donde no está bien visto salires de el, para muestra varios posts del mismo Ministro de Educación.

Se nos educa o bien se nos des educa para no desarrollar todo el potenciál que como individuos estamos propensos a tener.

Te comparto lo siguiente:

De Maestros y Profesores

Hay gente que cuando habla tiene la habilidad de hacer sentir a sus interlocutores más inteligentes, más confiados, con capacidad de dar lo mejor de sí mismos desplegando posibilidades que no sabían que tenían.

Hay gente que cuando habla hace sentir a sus interlocutores pequeños, periféricos, como si tuvieran que pedir perdón por no estar a la altura.

A los primeros les reconocemos como maestros. Los segundos se consideran profesores.

Fuente: http://www.xaviermarcet.com/2011/03/de-maestros-y-profesores.html

Michael dijo...

Hola. Muchas gracias por el comentario.

Muy acertado. Todos somos maestros. Todos debemos dejar una enseñanza más allá de cualquier cualquier título.

Saludos!

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