15 de marzo de 2010

Y terminó la guerra

La luz hace poco por mis ojos. Caminamos juntos, por la delgada sombra de las esquinas de esta guerra. Una de esas guerras que duran sólo un día, o tal vez dos. Por más que tratamos, no encontramos sobrevivientes, no hay siquiera destellos de que alguien estuvo antes aquí. Entre tantas sombras trato de encontrar al menos una lámpara distante para ver mejor por dónde caminar.

El callejón se vuelve estrecho al tiempo que hablas. Sigo tus labios sin tomar importancia de tus palabras, sólo esperando una señal inequívoca de un punto a mi favor.

Espero pronto tener en tus palabras noticias desde tu campo de batalla, a pesar que sé que no eres la mejor informante de lo que puede estar pasando ahí dentro. La luz no llega, no para los que creemos ciegamente en el amor, que como esta guerra, nace en las sombras de una mañana de enero, y muera por la tarde del mismo día, sin al menos haber tenido el tiempo suficiente para sentirse útil.

Se desata un torbellino. La sangre fluye por el aire, el único rastro de esta batalla ruge circular en el vacío y se mezcla con el polvo, mientras su olor nos exita. Pasiones instantáneas nos rodean, y en forma de sangre pasan frente a nosotros las pasiones de todos quienes ya murieron, mas no aparecen. Una luz naranja, intermitente, se apodera de los átomos del aire, y nos parece guiar.

Callas. De pronto ya no hablas. Parecemos haber olvidado que la sangre ya no es de muertos, es sólo sangre que alguien debe haber dejado perdida por ahí. Pero ahora sí huele a sangre, aunque no hay un dueño. Parece que mi sangre se altera con la ajena y mi corazón bombea con más fuerza para salirse de mi cuerpo también. De pronto, una sensación. Un escalofrío hace más intenso tu silencio. Hay un cadáver azul a nuestro lado. El aroma a cuerpo que ya no es cuerpo se mete por mi nariz y se aloja en mi garganta.

Ahora hay un muerto, uno que nadie mató, que nadie recogió y que nadie reclamará como familiar o al menos conocido. A nadie le importa alguien que fue mandado a morir, por lo tanto creo que se quedará ahí hasta que la guerra termine.

Ya no es extraño para nosotros ver al muerto a la cara. La escasez de luz no me permite ver más que un muerto azul con la mirada clavadas en nuestras piernas. Tú lo miras, como si lo conocieras, como si al final de todo ese muerto sí fuera parte de la vida de alguien. Actúas como si lo hubieses visto antes, en el banco, en la estación del tren, en el aeropuerto, en tu casa o en la mía, no lo sé. Pero ya el muerto parece verte más a ti que a mí.

Terminas, después de algunos minutos en sepulcral silencio, casi en forma de luto, de contemplar al bulto azul que parece poco a poco convertirse en parte de las sombras del campo, y de pronto recuerdas algo. Indiferente, disimulada, continúas hablándome de los beneficios de las batallas perdidas durante las sombras de enero, las cuales son estas mismas sombras. La mancha azul tiende a desaparecer en tus pies, pero el olor se ha quedado en tu pelo.

El muerto ha desaparecido, y entre esta increíble soledad de una trinchera vacía, e incluso entre la increíble soledad entre tú y yo, parece al fin haber acabado la guerra.

La luz parece haber abandonado las esquinas después de que el tornado de lamentos cesó y el muerto desapareció, talvez sólo por orgullo, o por vergüenza. Cada rincón de la desierta cuidad luce ahora brillante, limpio, pero tu pelo sigue apestando a carne muerta. Hueles a un humano en descomposición.

Ya no hay causas qué defender. El resplandor vuelve lentamente, borrando las manchas rojas, vivas, inertes y verdes de los muros aun en pie entre las ruinas de los bombardeos. Tú callas otra vez. Estos ya no son tiempos de guerra. Pasos atrás van quedando las ruinas donde avistamos aquel último despojo de una vida terminada. Las lámparas se levantan como gigantes a nuestro paso, gigantes con faros de canfín en sus manos, luchando contra el viento, quemando el olor a muerte de que debe haber dejado algún asesino de almas confusas, homogéneas.

Desde que dejamos atrás los últimos escombros las aves han comenzado a seguirnos, pero no te molesta. Ni siquiera te acercas a haberte dado cuenta de que nos siguen. Desde que vimos al muerto desaparecer no hemos hablado mucho, pero sé que faltan muy pocas palabras para que termines de decirme todas esas cosas que has venido pensando. Lo sé. Las primeras señales comenzaron a llegar hasta mí acompañadas de ese aroma que ha atraído a esas aves oscuras, de vuelo siniestro y circular.

Al fin, hemos llegado al final del campo de guerra. El resultado ha sido positivo. ¡Sólo un muerto capitán! Tomo tu mano para cruzar al fin esta frontera, pero algo te detiene, ya no me importa lo que dijimos allá dentro en la parte oscura de la noche, ya no me asustan los recuerdos de la guerra, ni la sensación todavía presente de los ojos del soldado aún mordiendo tus piernas al lado del trillo. Pero no quieres venir aunque te lo pida con el corazón.

El olor a carne cayendo al suelo no es sólo del muerto. Tú también hueles a muerte. Tus manos están manchadas de sangre, y a la vez sin saberlo, han manchado las mías. Al inicio del viaje pensábamos que el muerto no era de nadie, pero me equivoqué. El difunto es tuyo. Tú lo mataste a escondidas cuando me hablabas de cómo curar heridas, y mientras se agitaban los aires de esa masacre que se alojaron después en mis pulmones. Incluso lo matabas cuando inmóvil, ya indefenso, te miraba las piernas.

Este día de guerra ha terminado, sin gloria.

No hay luz, nunca la hubo, esto que vemos al final del camino es sólo un espejismo del último sol de ayer. Los campos seguirán apagados y el olor a muerte no parece querer abandonar su hogar.

Buena suerte con tu nuevo muerto. En algún lugar, el algún campo, en algún tiempo, debe existir algo de claridad, real, por lo tanto me voy, no pienso esperar a que ese olor a gusanos desaparezca de tu pelo, porque sé que no pasará. Así lo has querido desde que iniciamos este viaje, la única diferencia es que hasta encontrar aquel soldado con las manos gastadas de rogarle a alguna deidad, descubrí a qué huele la muerte, y ese mismo olor del campo, del torbellino, del muerto, es tu olor.

Debo cruzar la frontera ahora. Ya que no has querido venir, vuelve atrás y busca al muerto, al que tú mataste en mis pies. Cuídalo mucho por mí, pues al parecer es lo único que tendremos en común a partir de mañana.


11 de marzo de 2010

Un día como el de Heidy

Hace un rato revisando el blog de nuestra querida blogger εïз Heidy εïз descubrí que hoy ella está cumpliendo años, y qué amena noticia es saber que ella cumple años el mismo día que este servidor también lo hace!

De verdad le deseo muchas felicidades εïз Heidy εïз!

También me veo obligado a decir que estoy en toda la disposición de aceptar regalos, ya sea en persona o mediante la red.

Debido a que mi máquina pasó a mejor vida, mis posts han estado medio perdidos estos días, pero en cuanto la tenga posteo con lujo de detalla lo que fue el concierto de Metallica, con todo y fotos!

Por cierto, un saludo a la gente tuanis que conocí en el concierto, y juro que no se me ha olvidado mandarles las fotos. Mañana se las paso al correo a Bruce, Michael Y Josue.

Pura vida.

2 de marzo de 2010

¿Quien va para el concierto de Metallica?

De pura guava el lunes conseguí una entrada para ver a Metallica, la bronca es que es para sombra oeste, (osea allá arriba ja ja) y ninguno de los compas que viene conmigo va para esa parte, entonces quedo medio weiso.

Mi pregunta es, ¿Habrá algún blogger que vaya por ahí? Porfa avíseme alguien y de una vez se hace la pelota.

Pura vida!

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