27 de febrero de 2010

De cuando Andrea dejó de ser una hormiga

Andrea se instaló bajo la sombra de un árbol, sobre una banca en el patio de su casa. Estática, hermética, con la mirada fija en el vacío del aire, pasaba los días. Todas las tardes, con sus descubiertas rodillas juntas y la espalda corvada, clavaba fijamente la mirada en espera que algo del adormecido jardín tomara vida. Figuras diminutas rompían de pronto la tensión de la nada sólo al estar seguras de no ser vistas, pues Andrea, paralizada como una piedra más del jardín y con los ojos sentados en el lugar justo, lograba observarlas con esa mirada del par de frijoles brillantes bajo sus cejas espesas.

Pequeñas manchas negras marchaban sobre el cable que comunicaba la caza con el tendido eléctrico. Andrea, con forma de duende de piedra, no podía ocultar la sonrisa que le ocasionaba ser testigo del ingenio de las hormigas, al evitarse los cuatro metros del arriesgado césped. A veces pensaba que las hormigas actuaban como humanos. Nunca dejaban de caminar, nunca satisfechas con lo que poseían, buscaban más sólo para almacenarlo por ahí. La mayoría del tiempo parecían humanos con carga sobre sus espaldas. Otras veces eran todo lo contrario a un humano, caminaban en perfecto orden, respetando el camino de cada quien, y ayudando con la carga de hojas a quien no pudiese solo.

Andrea comenzó a sentirse una hormiga cuando por primera vez comió de las hojas verdes que su madre preparaba. Se dio cuenta que eran las mismas hojas que sus amigas acarreaban sobre su espalda. Lo malo de parecer hormiga comiendo hojas verdes, era que su madre tenía que sacarla de la inmovilidad para llevarla al comedor, lo que hacía que las hormigas desaparecieran de su vista como transportadas por el soplo del viento de la tarde. A pesar de ser humana de nuevo, ella era la niña-hormiguita más feliz del mundo comiendo esas hojas verdes. Caminaba de cuatro patas simulando el paso de las hormigas, colocaba cubiertos en su boca figurando un par de tenazas, olfateaba a las personas de su casa para saber a qué colonia pertenecían. Vivía la vida de una hormiga mientras sus risas llenaban su casa de olor a flores y tierra mojada.

Andrea era una hormiguita para ella misma, pero una niña poco común para su madre, por lo que preocupada, comenzó a agregar trocitos de frutas a las hojas verdes en espera de un cambio.

Una tarde Andrea regresó corriendo de la escuela, lanzó sus cosas desde la puerta de habitación y sin ver dónde fueron a dar, cambió su uniforme por los trapos ralos que siempre usaba para disfrazarse de maseta en el jardín, y corrió de nuevo a sentarse en la misma banca. Ese día, después de convertirse en parte del jardín, llegó a la conclusión que las hormigas eran aún más parecidas a los humanos de lo que ella creía. Después de cada cuatro hormigas con una hoja verde, una hormiga con una hoja seca, totalmente amarilla, avanzaba tras de ellas. Era como estar en la clase de matemáticas. Una de cada cinco hormigas era diferente al resto. Andrea había siempre creído que todas eran idénticas, sin embargo ahora sabía que también en ellas había permiso para cambiar de opinión. Como los humanos, las hormigas tenían números, caprichos y uno que otro misterio.

Ella sonreía con sus labios de barro viendo pasar las hormigas, hasta que de pronto, las hormigas ya no caminaron más sobre la cuerda colgante. Perdieron repentinamente el equilibrio. Hojas verdes y amarillas volaban por igual a través del espacio del jardín de la madre de Andrea. La quietud sostenida por la discreción de las hormigas se había roto con el sonido del aire movido por todo ese alimento desprendido. Andrea trató de hacer algo, pero ella ya era parte del entorno. Sus manos se convirtieron en ramas inútiles, su cabeza era una roca y sus pies echaron raíces en la tierra. Todas las hormigas volaban sin control mientras la fina cuerda se sacudía con la fuerza que debía haber guardado toda la quietud del jardín concentrada durante años. Ella volvió su mirada hacia todas direcciones para poder ver la causa de todo ese alboroto, y mientras sentía su tronco quemarse por la vibración del cable acercándose a ella, fácilmente lo halló.

Un enorme y descuidado pájaro había posado sus patas sobre el cable exactamente frente a ella, agitándolo nefastamente con su peso. Las pequeñas obreras no tuvieron tiempo siquiera de despedirse de Andrea antes de caer al vacío incierto y luego perderse en el verde homogéneo del forraje. Una lágrima de sabia, de ese tipo de sabia intensamente roja, se secó en la áspera mejilla de roca de Andrea al mismo tiempo que otras cuantas cayeron sobre la banca. Ese fue el único llanto que ella pudo sollozar. No pudo gritar, ni correr ni defenderlas. .

Como ya era costumbre, a las seis de la tarde su madre iría, la sacaría del letargo y la llevaría a comer las hojas verdes que tanto disfrutaba, pero no fue así esa vez. Cuando su madre apareció, rompiendo el encanto después del disturbio, Andrea se soltó al fin a llorar, y lloró todas las lágrimas de agua que había guardado mientras esperaba a volverse de carne de nuevo, y maldijo a todos los pájaros bruscos y despreocupados. Desde ese día no volvió a comer más hojas, ni verdes ni secas.

A partir de esa tarde Andrea fue otra vez una niña normal para los ojos de su madre. Ya no era parte del jardín, ahora corría sobre el lugar donde sus amigas habían caído, volaba sobre los techos de las casas, y comía de todas las frutas que le ofrecieran en los jardines vecinos. Aunque parecía haber olvidado cómo ser una roca, a veces se sentaba en la misma banca de madera del jardín. Los trapos viejos ya le quedaban apretados, pero de igual forma se las ingeniaba para amontonar sus manos apretadas entre sus rodillas descubiertas y perdía su mirada en algún rincón a la espera de alguna hormiga, pero ya nunca encontró otra hormiga. Los pájaros que habían comenzado a frecuentar ese patio la sacaban del embrujo antes de comenzar. Y poco a poco comenzó a querer ser como un pájaro.

Hasta hoy, después de la escuela, se puede notar a Andrea subirse usualmente por una escalera y sentarse en el techo de su casa, con la mirada igual de perdida que antes, esperando la llegada de algún pájaro para poder, tratando de olvidarse de que era una hormiga, jugar a que puede volar con ellos.

13 de febrero de 2010

Ella, dos cigarros, un pájaro verde, y algo en qué pensar

Nadie está exento de que las drogas le muevan el piso. Estas palabras son reales, y confieso que en otras circunstancias me hubiese dado bastante vergüenza hablar con la sinceridad con la que narro en algunas líneas mi propia historia, sin embargo es una realidad de la que nadie puede escapar y sería un farsante si me pongo en el papel del desentendido.

Empiezo esta página mientras escucho “Nothing Else Matters” de Metallica. Hace ya siete años que me comencé a sacar una mujer de la cabeza a punta del disco homónimo de esta banda, el cual me regaló un amigo durante esos días, y como por cosas del destino, hoy a la hora que comencé a escribir estas líneas que bastante tienen que ver con la misma doncella, está sonando esta canción en mi computadora.

Hace siete años las cosas de la adolescencia nos hicieron a los dos tomar decisiones de las cuales hoy todavía gozamos, meditamos y nos podemos acercar a sentir arrepentidos. Siento aún de puro rebote la efervescencia que fue pasar por esas etapas en las cuales la vida tornaba a ser menos complicada, y correr más riesgos de la cuenta o tomarse unas cuantas cervezas o un par de tragos del ron más barato, a pesar de ser toda una hazaña, significaban de las cosas más comunes, y todavía hoy, una constante para algunos de los que no hemos abandonado del todo la energía del éxtasis del momento.

Fumar; simplemente lo más delicioso que este compañero descubrió cuando estaba por cumplir los dieciséis años. Recuerdo que el primer paquete de cigarros que compré fue un paquete grande (todavía no existían los medianos) de Marlboro rojo. Me asusté al ver que había comprado un paquete de cigarros. Nunca en la vida me había fumado más que uno o dos cigarros por semana, y ahora tenía veinte cigarros listos para ser humo en mi boca si así lo quería ese mismo día. Fumé mi primer Marlboro esa mañana. Ya me habían advertido mis amigos que eran más fuertes que los cigarros que siempre fumaba con ellos, pero siempre quise fumar lo mismo que mi hermano fumaba. Sólo fumé uno, guardé el resto en mi bolso del colegio, busqué algo para disimular el olor de mis manos, y me fui para mi casa comiéndome un confite de menta como el niño bueno que lograba aparentar.

No sabía porqué demonios exactamente ese mismo día mi madre (quien nunca antes lo había hecho) revisó mi bolso mientras yo estaba en el baño. Pero creo que ahora sí lo sé. Haber tenido un esposo fumador, y el hecho de que mi hermano mayor también fumara, eran motivos suficientes como para haberle hecho desarrollar algún tipo de habilidad para detectar el tabaco en las manos, aún después de haber sido cuidadosamente impregnadas del olor de varias hojas de limón del patio de la vecina. O talvez sabía que cuando a uno le huelen las manos a limón quiere decir que está disimulando el tabaco. Inmediatamente declaré como total mentira la acusación en mi contra, y haciendo uso de mi falaz mente de adolescente aduje que tal paquete pertenecía a mi hermano mayor. De todos modos ya el hombre era la oveja negra, y un paquete más de cigarros no echaba mayor leña a la causa.


Jamás nadie me creyó que no fuese mío ese paquete de cigarros. Sin ganancia alguna a fin de cuentas me tocó donarle el paquete a mi hermano para recompensar un poco la embarcada, y sólo un cigarro me regaló el chantajista ese. Mejor hubiese aceptado que era mío desde el principio y me los fumaba todos.

Ese primer paquete significó sólo dos cosas: Poder darme el gusto de fumarme un par de Marlboros, y darme a conocer como todo un fumador más en la familia.

Ella y yo nos conocimos cuando yo recién comenzaba a fumarme mis primeros cigarros duros. Ella era la niña más linda que yo podía haber visto antes. Me encantó desde que la vi por primera vez en el asiento de atrás del bus del colegio. Y no es que tuviera esa exhuberancia exótica que muchas veces advertía de primero en una mujer, pero esa sonrisa combinaba muy bien con esas mejillas pecosas que tantas veces pude besar.

Mientas yo salía a rasparme los tobillos con una patineta que no me dejó más que cicatrices en las piernas y un crujiente sonidito sumamente hijo de puta en mi espalda, pensaba en ella, la niña que tenía algunos secretos que nunca pude del todo conocer. Sabía que ella sufría por algo, siempre lo supe, mas ella no siempre se dejaba ayudar. Como la persona encargada de hacerle siempre sentir bien, traté de estar ahí. Repetidamente mientras podía hacerlo, iba a su casa, trataba de hacerla sentir bien, y hasta le simpatizaba a su madre (de quien ahora mejor me reservo el comentario). Inclusive no estando con ella, la tenía presente.

Una tarde como tantas salí de mi casa rumbo a la de ella. No me fumé ni un solo cigarro en el camino para no llegar apestoso a cenicero. Ella no fumaba. Cuando llegué a la entrada de su casa mi cuerpo se paralizó de la impresión. Ella estaba parada en la puerta de su casa como esperando. Algo en su cuerpo no andaba bien. Ella trataba de esconder el temblor de su cuerpo mientras me mostraba un par de trincheras rojas en sus muñecas que todavía me causan un vacío aterrador en el estómago. Parecía como un susto controlado. Nunca me quiso decir el porqué de esas marcas, y era yo la persona que debía apoyarla y para nada reputarla, así que traté de tampoco querer saberlo.

Recuerdo que la mañana estaba fría y totalmente nublada. La llovizna característica de noviembre que se combinada con la luz de un día gris y cargado de agua aún a las once de la mañana, no pudo haberle dado un aspecto más sombrío a la escena que mis pupilas logran aun rescatar. Es imposible poder olvidar ese día en que bajo la lluvia, sostuve sobre mis manos sus frías manos marcadas, temblando, asustadas por sí mismas de lo que acababan de presenciar. Además de sus manos, sus ojos también temblaron aún por muchos días después. Nunca me dijo porqué quiso hacerlo.

Hace siete años que no me quedó más encerrarme en mi casa a atrofiar mi cabeza de guitarras estridentes para no pensar más en ella. Imagino que las decisiones para una chica de catorce años más o menos angustiada por la vida, no deben ser del todo fáciles. Durante algunos años, cada cierto tiempo, el frío inusual que por acá comienza a sentirse en noviembre o diciembre, me hace devolver el disco y la verdad por más que trato aún no logro entender qué pasó. Ella no sabía que yo fumaba. Esa noche ni siquiera tomé un solitario trago porque sabía que sería especial, pero aún no sé qué cruzó por esa mente de catorce revoluciones. Desde hace siete años “The Unforgiven” tiene un poco más de sentido para mí, talvez por ella o talvez por mí. Mucho antes de encontrarla con sus muñecas heridas, las cosas ya habían comenzado a cambiar hasta llegar al punto máximo de esa noche. Nunca nada fue constante.

Un par de veces aproveché mis nuevas amistades del ambiente del skateboarding para abrirme campo el mundo de las andadas juveniles. Andar con ellos ra totalmente nuevo y diferente. Los compañeros del colegio que hasta entonces conformaban mi círculo de amigos, eran una bola de mamitas a la par mis nuevos amigos del barrio. Un día después de una sesión de gratificantes caídas y codos raspados, y después de haber fumado el cigarro que significaba lo segundo más gratificante después de patinar por un largo rato, recibí una invitación inesperada. “Vamos a fumar marihuana”. Y la verdad aún no me explico qué pasó por la mente de este muchacho ahora de dieciséis. Debo confesar que era lo mejor que podía haber probado hasta ese entonces. Ese aroma dulce no se podía comparar con el corriente aroma del tabaco quemándose en un cigarro cuyo treinta por ciento era puro filtro.

No fue fácil sacarme ese monstruo verde de adentro mientras “Enter Sandman” parecía sonar más fuerte con el estímulo de la ansiedad haciendo mis manos temblar y sudar por las mañanas. Luego de mucho pensarlo me di cuenta que ni el relax del viaje de la cannabis ni un par de solos de guitarra me harían borrar tantas ideas locas acerca de ella. Por otro lado estaba empezando a conocer de cerca lo que podría ser una adicción.

Después del 25 de diciembre de ese año, sólo la vi en tres ocasiones más. La primera fue en enero del año siguiente. Ella llegó a mi casa a pedirme que la acompañara a caminar. Yo dije que no podía. Algo de rabia seguía anclada en mí, algo me decía que yo no merecía ser el juguete de alguien a quien sólo había tratado de querer. Se fue sola por el mismo lugar que llegó mientras a sus espaldas me daba golpes en la frente de lo mal que me sentía. No sé porqué fue sino hasta días después que pude encontrar algo de arrepentimiento en su ojos, pero era tarde. Ella nunca más volvió a mi casa y yo tampoco a la de ella.

El frío de noviembre se mantuvo constante por todo diciembre, e incluso medio enero continuó igual. El inicio de clases fue el hoyo por donde escapé de toda la turbulencia que ese fin de año soportó de manera increíble. El estar ahora en décimo año y ponerme al fin la camiseta que distinguía mi especialidad, me hizo comenzar a sentirme responsable, y al parecer inicié ese proceso de razonamiento que todavía por montones me falta de completar. Con la llegada el año nuevo y la entrada de a clases se paró casi por completo la fiesta del licor y la marihuana (o por lo menos eso pensaba)

Dos meses después la vi en el asiento de atrás del bus de colegio en el que la vi por primera vez unos meses atrás. Ese día fue todo un desastre. Al medio día me había escapado del colegio con un amigo para comprar marihuana, la última que fumé. Fumamos tanto que días después una amiga me reclamó por haber pasado casi por encima de ella sin saludarla mientras caminaba como loco por la acera. Ese día fumamos tanto que un compañero, el mismo compañero que me había regalado el disco de Metallica, descubrió enseguida al verme que yo había estado fumando. Tiempo después él me confesó que también fumaba marihuana y por eso se había dado cuenta tan rápido de mi estado.

Después de pasar dos horas embotado dando vueltas por el colegio, subí a ese maldito bus y la vi, sentada en el asiento de atrás, sola y con la mirada clavada en el suelo metálico de rombos traspuestos cada dos. Esa era mi oportunidad para volver a la normalidad, pero yo siempre he sido pésimo para volver a empezar, y no es difícil inferir que la estupidez del momento no me ayudó.

Estábamos sentados juntos, solos, en el asiento trasero del autobús. Estaba empezando de nuevo. Ella me miraba en silencio, y todo estaba más que claro, pero abrí la boca y ya no fue lo mismo que antes. Ella me preguntó si me sentía bien, notando lo inconsistente de mi conducta, a lo que respondí con una voz de totalmente drogado: “claro, estoy súper bien”. No dijimos nada más, ella descubrió un secreto que debí haber enterrado hacía algún tiempo. Mis ojos irritados no combinaron bien con su mirada de extrañeza, mientras yo trataba de contener la risa sólo de tanta estupidez liberada al ritmo de mi corazón bombeando sangre de colores. Ella se mantuvo en silencio, con la cabeza igual de inclinada y la mirada clavada en el piso. Minutos después me dio un seco adiós y se bajó del bus para no verla más.

Nunca la volví a ver en muchos años. Nunca más volví a fumar de esa mierda. Nunca pude saber las respuestas para muchas incógnitas, pero sobre todo nunca pude dejar de pensar en ella. Algo de “Sad But True” se quedó haciendo eco dentro de mí por mucho tiempo.

El tiempo debe haber pasado sobre ambos por igual. Yo volví a la rutina de encerrarme en mi cuarto a convertirme de nuevo en el aburrido y ausente traga-libros que era (y creo que sigo siendo) y a estudiar con la misma música de siempre, al tiempo que ella, según lo que me había contado antes de diciembre, para esas fechas debía ya vivir en Turrialba con una tía. Nunca me interesó buscarla aunque por dentro me destrozaba la idea de no volver a pasar mi mano por esas mejillas y luego acariciar su pelo ondulado. Nunca volví a su casa a pesar que no puedo mentir cuando digo que las veces que paso al frente, me siento el imbécil de dieciséis años que siempre seré, y siento ganas de pararme de nuevo en esa puerta. Tampoco puedo mentir cuando digo que el ver a su madre me revuelve el estómago.

Hace dos años dejé de fumar. Sería hipócrita si digo que no se me hace la boca agua cuando tomo una cerveza en un y bar el viento me trae el olor a tabaco, pero hace dos años decidí que fumar era de las tantas cosas que debía dejar atrás. Hace ya bastantes años vendí la patineta y clavé los pies en la tierra, también me comencé a cortar el pelo más a menudo; además de que ya casi no tengo, consideré que el pelo desordenado no le da mucha seriedad a un profesor. Hace también algunos años que comencé a echar la panza que me indicó que estaba comenzando a ser un adulto.

Unos cinco años atrás se me ocurrió un buen plan y busqué, uno después del otro, un par de clavos para tratar de sacar el primero, pero eso no siempre funciona del todo. A veces los clavos se doblan en el intento y terminan quedando todos juntos, estrechos donde sólo crees que podría caber uno. Hace muy poco tiempo que no pensaba ya en ella de sólo pelear con los dos últimos clavos.

Y no, no conté mal. Todavía me falta mencionar la última vez que la vi. Hace un par de meses la encontré de nuevo. El mundo me dio vueltas cuando pude distinguir su cara entre la gente. Hablamos por mucho tiempo. Me contó de algunos clavos que tampoco ha logrado del todo zafarse, de la familia, del barrio, en fin, de su vida siete años después. Se asustó cuando le dije que aquel púbero despistado tenía ahora una carrera y que no me había casado. Casi cae de espalda cuando la llamé por su segundo nombre, el cual pensó que yo no recordaba. No podía ocultar la sonrisa al verla, con su mano ya sin heridas agarrando fuertemente mi brazo. Juro que quise abrasarla pero otra vez más me paralicé de la emoción de tenerla a mi lado y me conformé con escucharla hablándome mientras me sonreía. Ella está de vuelta viviendo por acá.

Las cosas cambian con los años. Muchos de mis incondicionales amigos y amigas se fueron a vivir lejos, otros ya casi no salen. La minoría están locos con la universidad, la mayoría están casados o con tanto trabajo que pareciera están casados con el jefe. Algunos ya ni responden un mensaje de texto y otros ya no son ni conocidos.

Además las costumbres son de las cosas que tienden a cambian con los años, pues ya varios han adoptado los hábitos que antes me repudiaban. Yo dejé de fumar, de emborracharme cada fin de semana y de decir todas las estupideces que no por eso he dejado de pensar. Sin embargo, creo que debido a que fui un poco precoz en ciertos aspectos, muchos han descubierto es manera psicodélica de vivir hasta ahora que yo me hice viejo. Y no es que me sienta “Holier Than Thou”, no me gusta juzgar las acciones de las personas, y a decir verdad hasta me puedo sentir mal de haber sido una mala influencia.

Algunos de mis amigos del colegio descubrieron un poco más tarde que yo aquel olor dulce. Con el tiempo me percaté de que algunos habían conocido la marihuana, lo que me hizo sentirme el chico experimentado al escucharlos contar anécdotas relacionadas con las fiestas que seguro todavía se deben de pegar. Llegaron tarde al carnaval, o al menos yo lo comencé muy temprano. A fin de cuentas la mayoría lo hicimos, pero tomando en consideración y comparando el presente que hoy tenemos mis amigos y yo, al menos debo sentirme bien al decir que sobreviví de buena manera a las excitaciones de la adolescencia.

Mi último año de colegio me hizo otra vez involucrarme en asuntos de substancias ilícitas. Un día cuando tenía dieciocho años me hablaron de un tal perico y juro que pensé que me estaban hablando de alguna persona a quien le pusieron ese sobrenombre, pero luego de informarme mejor al respecto, poco a poco fui asimilando la idea gracias al renovado círculo en el que ahora me desarrollaba. El perico es la cocaína, y la forma más común de conseguirla es en pequeñas bolsas plásticas o esquinas de bolsa llamadas puntas por acá.

Ya hacía un tiempo había tenido la oportunidad de hablar con los antiguos compas del barrio a quienes para esos días la marihuana no les hacía el mayor efecto. Muchos de quienes se cansaron de las sustancias depresoras optaron por cosas menos inofensivas, pero a diferencia de mis nuevos amigos, mis viejos camaradas habían preferido el crack. No hizo falta que me lo dijeran, ya sus cuerpos se encargan de darlo a conocer. Debo dar gracias al cielo y a ella, por haberme encerrado en mi casa y tener hoy esta panza.

Era casi de rutina escuchar a mis nuevas amistades decir que “la coca sí es droga para gente de categoría, porque sólo quien puede pagar tanto la consume”, pero el mayor problema reside en esa actitud de buscar tontamente una excusa para pensar que se hace algo bueno. Es droga y lo único que hace la diferencia entre consumir perico, crack, marihuana, éxtasis, hongos o meter la nariz en una lata de pegamento, es el dinero que inviertes en destruirte la cabeza.

Una vez en una fiesta tuve la experiencia más horrible que he tenido con relación a las drogas. Estaba totalmente ebrio, tanto que me tuvieron que ayudar para salir al patio a vomitar. Entre el desorden que lograba percibir con los ojos estrujados de la presión de mi cuerpo al vomitar, vi unas llaves frente a mí. Alguien me decía que si inhalaba lo que había en la punta de una llave me sentiría mejor que nunca y toda la borrachera iba a desaparecer. Accedí. Era coca.

No puedo explicar lo que se siente tener cocaína en el cuerpo porque estando ebrio no pude hacer nada más que vomitar el poco de alcohol que todavía tenía en el estómago y caer dormido casi al instante. El día siguiente desperté sentado en una silla plástica, en un lugar que no conocía, totalmente diferente del que observé por última vez antes de caer inconciente. A decir verdad siento que con eso toqué fondo en cuanto a mis ganas de experimentar, y decidí nunca más hacer algo así. Esa fue mi última experiencia con las drogas no legales, pues aunque igual puede causar daño, de vez en cuando me da por tomarme un trago o un par de cervezas.

Algunos de mis amigos continúan hoy en día con la misma fiesta; tomando licor para luego sentirse bien con un par de “pases” de coca. Otros ya no lo hacen por sentirse bien, por el contrario lo hacen por no sentir la tremenda goma moral cuando pasa el efecto o simplemente consumen debido a la desesperante dependencia. Nunca sentí adicción real más que por el tabaco, pues incluso dos años después de haber dejado de fumar, hay días en los que me despierto y lo que más desearía tener en mis manos es un cigarro. A veces pienso en cómo hice para dejar de fumar, pues había tratado de hacerlo tres veces antes y había fracasado, y entonces pienso en cómo debe ser tratar de dejar algo tan adictivo como la cocaína.

Estuve muy cerca de una persona quien trataba de dejarla a un lado, y es duro. En ocasiones pasan días sin meterse nada por la nariz, ni siquiera un “chino”, nada, pero en uno de tantos días de debilidad es fácil caer de nuevo. Lo he visto, y uno como amigo sufre de igual manera el retroceso. Apoyar a una persona en esas condiciones te hace jugar dos papeles. Por un lado debes ser la vara en la cual apoyarse, y darle a esa persona toda la confianza posible para que la seguridad comience a crecer y sea más llevadera la desesperación de la abstinencia, pero por otro lado, no pasas un segundo tranquilo, eres un policía, o más bien como un espía que literalmente camina tras de esa persona sin que lo sepa, siguiéndola siempre sospechando lo peor. Y es que aunque te duela, no puedes confiar del todo. La adicción hace a la gente cometer actos inesperados incluso para alguien que creas conocer bien.

Luego de ver a ese amigo al fin salir de la adicción a la cocaína, decidí también alejarme de esos mundos de vulnerabilidad, aún cuando no era consumidor pues las tentaciones no faltan y la vuelta atrás es dura.

Hace una semana llegué por la noche a mi casa y me dijeron que alguien me había llamado, no dijo nada, sólo dejó un mensaje para mí. Mi hermana se reía porque yo no pude ocultar la cara de tonto que de repente no podía quitarme de encima. Salí de la casa para que nadie escuchara cualquier conversación privada. Percibía apenas el timbre mientas mi estómago se comenzaba a contorsionar. Entretanto esperaba que contestara, pensé en las miles de cosas que me podrían decir al levantar el teléfono y en los millones de respuestas que yo podría dar.

Alguien desconocido contestó. Esperé en silencio el motivo de tal llamada y casi me voy de espalda cuando esa persona aún desconocida dijo, luego de un rápido saludo, lo que necesitaba,de una forma que hace pensar en ya bastante costumbre de hacerlo: “Hola fulanito, ocupo su ayuda urgente. Necesito una punta”…


NECESITO UNA PUNTA…
NECESITO UNA PUNTA...

NECESITO UNA PUNTA...


NECESITO UNA PUNTA...

Era ella. Siete años después así de simple me encuentro con que la gente cambia.

Esa frase rebotó muchas veces dentro de mi cabeza al mismo tiempo que ella continuaba hablando movida por la ansiedad. Juro que incluso pensé era otro error de matrix, pero no tuve tanta suerte. No podía creer lo esa noche escuché, y todavía unos días después sigo sin poder asimilar la idea. Se había equivocado de persona, me llamó a mí por error pues no estaba acostumbrada a tener más de un Mike en su agenda.

Ahora sé que tengo un tocayo que se dedica a envenenar personas, y ahora también descubrí que los principios de año no son buenos para hablar con ella. Nunca lo hubiese esperado de ella, talvez del vecino que de vez en cuando se sube y baja en menos de dos minutos del Hunday Accent con vidrios polarizados que se parquea al frente de su casa por la noche, o del compañero de trabajo que llegaba siempre con cara de asustado y de no haber dormido en toda la noche, pero jamás de ella.

Inseguro de lo que pasaba como pocas veces antes, corté después de decirle que yo no tenía solución para tal necesidad, y luego despedirme para entrar de nuevo a mi casa. Aún se me van las palabras para describir la sensación que me causó el descubrir esa situación tan abruptamente. Me senté en silencio, ya no escuchaba ninguna risa. Mis gestos ni siquiera eran similares a los que hacía al salir. Ví las noticias durante poco más de media hora, a pesar que en realidad la única noticia que cabía en mi cabeza era que ella ya no era la misma, o al menos hasta ahora me había podido dar cuenta. ¿Han visto Forest Gump?

No debería decir que me siento decepcionado pero así es. Tampoco sé decir si me siento decepcionado de ella, o más bien de la vida y de los caprichosos caminos que llevan a pruebas tan dramáticas. Tenía pocos días de haber vuelto a pensar en ella, de recordar tantos detalles que parecía haber olvidado, de volver a sentir que tenía dieciséis, pero de nuevo el cielo se vio nublado y comencé a pensar que talvez aquellas heridas no han cerrado del todo, mientras otro vacío se habría campo en mi estómago.

No puedo juzgarla por las mimas decisiones que tiempo atrás también tomé, tampoco soy quien para acercarme a sermonearla después de siete años de no verla. Creo que lo mejor será comenzar a conocerla de nuevo, como si fuera aquella primera vez en el asiento de atrás del bus, ya talvez así puedo de nuevo ser su amigo y ofrecerle al menos mi amistad y mi ayuda.

De tanto hablar me he quedado sin idea alguna para darle un buen fin a estas palabras, por el contrario tiendo a pensar que sería injusto aún darle final a esta historia. Ninguno de los dos ha muerto y nadie conoce del todo los caminos de esta vida tan torcida. Tan torcida que cruza las vidas de las personas en formas poco esperadas como esta. Por el momento la historia se queda hasta acá, pero estoy seguro que más adelante sacaré otro rato para darle continuidad en el papel. Esta es una historia que espero tenga otro fin diferente al que hasta ahora tenía.

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