10 de julio de 2010

Entonces ¿Resultó alguien vivo?

Capítulo 1. Bajo las palomas.

Hoy me afeitaron. Ya era hora de que se acordaran. Parece que se hacen los tontos y no saben que nunca he soportado tener más de tres días de barba encima. Rafael camina distraído por la sala con esa ropa que no le ponían desde la primera comunión, y que ya evidentemente le queda pequeña. Sus pantaloncillos negros ya sobrepasan por mucho sus rodillas descubiertas y se ajustan a la figura de sus delgadas piernas, lo que hace que camine aún con mayor torpeza y descoordinación de lo que acostumbra. Parece que desde pequeño Patricia no ha tenido la autoridad para hacerlo un hombrecito de bien, y su carácter es muy flojo. En fin, creo que yo tampoco la tuve mientras pude.

Se ha sentado frente a mí sin percatarse de mi existencia en la habitación. Después de explorar cabizbajo y por un largo rato el piso de cerámica española que tanto me pidió su mamá, Rafita me ha encontrado sin quererlo con la vista entre la sala, escondido bajo mi cobija a cuadros. Me observa con una mirada extraña, con la mirada impulsiva de emoción inclasificable que ponen los niños de su edad cuando ven por primera una rana en el jardín, o cuando al fin los dejan subir solos a un caballo. Me examina de pies a cabeza con sus ojos brillantes, como pocas veces lo hace.

Quiere acercarse pero parece que algo le causa desconfianza. Analiza, avanza lentamente mientras aprieta sus cejas como si miles de palabras se golpearan unas a las otras en su mente, y de pronto se levanta del sillón donde yo solía jugar con él cuando ambos éramos más jóvenes. De pronto parece que algo llama su atención, mira hacia su derecha como si alguien lo llamara, y desaparece del frente de los pocos centímetros que le faltaba para alcanzar mi mano. Me siento mal al no entender porqué se ha ido. Talvez sólo quiso hacerlo.

En estos días de verano no hay nada mejor que tener mi cara libre de tanto vello. Odio cuando debido al calor mi cuerpo se irrita, y comienzo a pensar en esas enormes ansias de rascarme hasta arrancarme la piel del rostro que podría tener si estas ronchas significaran algo para mi sistema nervioso. Hoy es un bonito día para adornar el corredor de mi casa con mi presencia, sin embargo Patricia, con el mismo grado de fracaso que tienen casi todas sus decisiones, dispuso que yo debería descansar esta tarde en el jardín bajo el árbol de almendro. Como si el sol de este pueblo fuera tan estacionario como los lamparones de las salas de los hospitales de la capital.

Hoy quería hacer lo de todos los días; ver pasar a la gente desde la esquina preferida del corredor de mi casa. Aunque, como siempre, tampoco se han acordado hoy de lo poco que me alegra, y me han tirado bajo el maldito árbol de almendro cuyas ramas han servido este verano como centro social para las palomas del pueblo. Hubiese dado todos los tanques de oxígeno y todos estos cables y mangueras para poder sostener un rifle en mis manos y echar a ese montón de de pajarracos de mi casa, o al menos levantar mi mano para tapar el sol que ya ha empezado a cegar mis ojos.

Si estuviera siquiera posicionado hacia la calle, vería lo que pasa en San Juan. Vería a los niños que corren descalzos por la calle polvorienta aleteando y moviendo su boca como tragándose al mundo mientras tratan de imitar sus aviones de papel, vería a doña Paula pasar como todos los días buscándome con la mirada entre las rejas del pórtico para darme con cierto grado de resignación su acostumbrado adiós falto de respuesta, o simplemente observaría cómo crece el hermoso árbol de ciprés que sembré hace algunas navidades en la esquina izquierda del frente.

Pero lo cierto es que los sentidos de Patricia, los cuales según ella sí funcionan, no le han alcanzado sino para dejarme tirado aquí, dando la espalda al pueblo, sirviendo de sanitario para las palomas, y como la broma más macabra, cegado, tentado por la luz del sol que parece ser esa luz que tanto espero observar, ese destello al final del camino que tantas ocasiones he deseado alcanzar.

Si hablamos de ella debo decir que su sentido del humor ha tornado un poco al negro últimamente, y su sentido común parece estar tan dormido como el resto de los míos.

Conforme el sol bajó pude divisar a Rafita jugar en el patio de la casa. A pesar de ser tan enérgico hoy juega con mucho cuidado. Cada quince minutos, como muñeca de reloj descompuesto pero algo exacto en su mal funcionamiento, veo salir a Patricia del interior de la casa sólo para vigilarnos a ambos, y sobre todo a verificar que mi hijo no haya ensuciado la ropa que seguro le ha puesto para algún evento especial. Rafa parece acercarse más a mí cuando su madre vuelve a perderse entre la casa, y luego de la última ronda de su madre, y con quince minutos a su favor, se le ha escapado aún más y ahora está sentado en el suelo junto a mi silla. Es una lástima que no pueda mover mi mirada hacia a mi izquierda donde él se encuentra. Ellos creen que no puedo ver sólo porque no logro aún mover mis ojos, sin embargo, a diferencia de ella, sé que Rafita, mi Rafita de siempre, aún mantiene la esperanza de algún día volver a jugar a los naipes o acostarse a leer un libro conmigo.

Parece que esta tarde hace una refrescante brisa en el jardín.



Capítulo 2. Reflexiones después de una tarde.

Ahora que menciono lo que ellos creen, no sé si será correcto lo que supongo pasa por la mente de Patricia. Desde que era pequeño en mi familia se fomentó los valores, y entre ellos el respeto por los difuntos, por las almas ausentes de quienes nos acompañaron. Y aunque no he dado ese paso todavía y de alguna manera sigo vivo, creo que merezco respeto también, inclusive más que el que reciben los muertos que yo todavía respeto. El hecho de que esté postrado sobre una silla sin mover más que mi pelo al ritmo del aire de cada vuelta del abanico de la esquina, no me hace únicamente un agregado de ella, la misma silla de ruedas que perteneció primero a mi madre convaleciente.

A veces tengo la sensación de que en mi propia casa ya han empezado a verme como un simple adorno de mal gusto. De esos que venden en algún remate de saldos navideños, y del que después falta la utilidad y la voluntad para mantenerlo a la vista de todos.

Creo que estoy en algún tipo de limbo. Como no estoy muerto no me respetan como tal, y como no estoy del todo vivo, pues estoy tan muerto para ellos como para no importar.

La mayoría del tiempo le dan vuelta a las fotos de los difuntos, o las guardan en algún cajón para que así el peso en la conciencia sea menor, y dado que en mi casi ni siquiera me tapan los ojos, deben pensar que vale más una foto que mi cuerpo indolente de frente. Está bien que la sangre ya no active nada en mi cuerpo, que mis manos ya no sirvan para dar abrazos ni para dejar correr un dedo por su espalda, pero eso no quiere decir que mis recuerdos no vuelven a mí por las noches cuando mi cama aún se sacude y mi pupilas se estimulan con la media luz que entra por la ventana, marcando las siluetas escurridizas y lujuriosas enmarcando lo único que Patricia sabe hacer bien.

Puedo casi escucharla en algún pasado quererme, a pesar que tampoco mis oídos han vuelto a funcionar y no es a mí a quien quiere ahora. Del todo no soy sólo un muerto a quien (i) respetar. Las fotos no sufren de tales torturas que causan los recuerdos evocados.

Eugenio era mi amigo incondicional. Los sábados por la tarde nada nos lograba despegar de los viajes de pesca a un lago cerca de San Juan llamado Lago Venado. Recuerdo que también nos gustaba la cacería, por lo que nunca faltaba en casa, junto a los bagres, la carne de alguno de los tantos animalitos que le dan nombre al lago. Eran fines de semana enteros de pesca y cacería, y comencé a disfrutarlos aún más cuando por su propia voluntad Rafael, de seis años en ese entonces, me pidió dejarlo acompañarme. Por supuesto que yo era el padre más feliz del mundo al compartir un fin de semana de pesca con mi único hijo. Cada fin de semana fue feliz hasta la noche del accidente.

A veces pienso que algo de bueno tiene el ya no sentir nada. Algo tan insignificante como una pequeña bala, igual a cualquiera de las balas que usamos en el pasado para arrebatarle la vida a no sé cuantas decenas de venados, caliente al veloz contacto y cada vez más fría conforme se va por sí misma haciendo parte de la carne y los huesos, fue la encargada de hacerme desde hace algunos meses, desde la última vez que vi en mi casa al cura Guzmán orando con su mano en mi frente, no sentir más que estas ganas por usar mi cerebro para algo más que recordar tantas cosas y poder privar al menos a mis ojos de algunas abominables escenas que ningún muerto quiere ver. Pero por otro lado puedo decir que me siento mejor en algunos aspecto; no me duelen los pies como antes, ni tampoco tengo ese insoportable dolor de espalda que tenía desde que construí esta casa. Tampoco me preocupa el no escuchar.

Aunque quisiera escuchar todos los días a mi hijo contarme cada una de sus aventuras a este lado del muro que separa al patio de la calle, o siquiera escuchar de su boca decirme papá, siendo un poco egoísta creo que no escuchar las exageradas, poco importantes y cotidianas palabras de la mujer con la que me casé, me hace sentir cierto alivio al recordarla en sus apestosos discursos llevados a cabo casi sin respirar.



Capítulo 3. Algo sucede en mi casa.

La tarde y la brisa se han ido ya. Personas desconocidas han empezado caminar por mi casa con cajas en sus manos al tiempo que no logro ver más que las últimas nubes del día dejando lentamente de ser rosa sobre el horizonte. Creo que todo esto se debe tratar de la confirmación de Rafa, pues también me pareció ver de reojo al padre Guzmán entrar y salir de mi casa hace más o menos media hora. Debe ser una sorpresa bien oculta para mi niño dado que tampoco le han permitido entrar a la casa desde el mismo momento que me dejaron bajo las palomas que se encargaron de adornar mis piernas.

Aprovechando la falta de luz del patio Rafita h decidido no acatar las órdenes de su madre, y como adivinando mes pensamientos ha vuelto mi silla hacia mi casa. Ahora puedo ver con más detalle todo este movimiento ya extraordinario por sí mismo, y me parece aun más particular que hayan ingresado ese artefacto metálico que no logro distinguir. Tiene la forma de una cama, de eso no hay duda, como una de esas camas de hospital que puedes inclinar para sentarte.

Eugenio también está ahí. Camina hacia todas direcciones como desconcertado, y supongo que tampoco ha querido ensuciar su elegante atuendo con las demás cosas que han traído. En lugar de ayudar con los preparativos la ha pasado abrazando a Patricia. Ella luce muy emocionada. Al parecer esta es una de esas celebraciones que sólo suceden una vez en la vida.

Ellos piensan que yo tampoco debería estar ahí dentro. Pero volviendo a ver el lado bueno, desde aquí he obtenido más detalles de lo que acontece, que los que hubiese atrapado ahí dentro. No hace falta que esté ahí estorbando entre ellos para saber sus ya cotidianas intenciones de ignorarme.



Capítulo 4. Estaría mejor bajo el almendro.

Patricia ha salido de la casa y se ha acercado lentamente mientras clava su mirada en mí como no lo hacía desde que desperté en aquella cama de hospital. Desvió su camino un momento, tomó a Rafita del brazo, y luego de sembrar algunas palabras en su oído, el pobre no tuvo más que salir corriendo hacia la casa con una expresión tal dibujada en su rostro que no parece otra cosa más que llanto.

Una vez que Rafa ha entrado a la casa, ella se ha vuelto a encaminar hacia mi árbol. Algo de ternura se le quiere escapar algunos instantes, pero no es su cometido el volver a sentir más algo por mí durante el día de hoy por lo que sólo quita la mirada y termina de cumplir su cometido. Me lleva ahora hacia en interior que imagino debe estar totalmente decorado. Talvez la emoción de la confirma de Rafita le ha hecho recordarme en mis mejores tiempos de padre y esposos.

Pero la casa está igual. No hay nada más que Eugenio, Patricia, el padre Guzmán y un hombre de bata blanca que jamás he visto. Algo extraño pasa aquí. Nadie celebra, nadie siquiera habla. Todos están de pié frente a mí, contemplando este despojo de hombre que ahora les sirve de cierto entretenimiento lúgubre en el centro de la sala que no parece estar prepara para nada más que un velorio. Todas esas caras largas juntas me hacen sentir sonriente con mi habitual mueca inconsciente si nos pusiéramos a comparar en este instante.

Entre las piernas de todos he podido observar a Rafael llorar protegido por la fortaleza de una esquina de la sala y un sillón, con su cabeza a medias entre sus rodillas. Me ha estado mirando en intervalos. Algo aflige su pensar, algo que creo debe tener relación con todo el rato que estuvo conmigo en el patio. No logro imaginar qué puede azotar su ánimo al punto que la mente y la esperanza de un niño como él, resulten imposibles de solucionarlo. Desearía dejar a todos estos muertos en vida a un lado y correr a abrazarlo.

Las piernas se han juntado por lo que he perdido a Rafael de vista. No hay nada que pueda hacer para observarlo. El hombre desconocido ha hecho una señal con su dedo índice con lo que el resto de presentes me han alzado de la silla de ruedas y me han llevado a mi habitación. Algo no está bien en mi recámara. Mi ropa ya no cuelga del perchero. Mi tanque de oxígeno fue sacado de la habitación seguramente para poder darle lugar a esta cama en la ahora estoy acostado, colocado acá con el mismo cuidado que son lanzados los cerdos al camión del matadero. Puedo casi apostar que si mi olfato funcionara podría percibir el olor a cementerio que debe tener este señor ahora a mi lado.

Todos salieron y esperan ahora al otro lado de la puerta mientras estoy a solas con el nuevo habitante esporádico y anónimo de mi casa. El hombre, que supongo es doctor, coloca artefactos tan desconocidos como él mismo en mi cabeza, al tiempo que habla conmigo. Se ríe, como si me hubiesen agradado sus muecas, y sus palabras tuviesen algo de sentido en mí. Su larga nariz hace juego con sus extensos y corvados dedos pálidos, y sus sobresalientes arrugas faciales, combinadas con la poca luz que logra apenas colarse entre las cortinas de la ventana que se esmeraron más temprano en clausurar, logrando que comience a sospechar que no es alguna broma que esté atando mis manos muertas.

El polvo y la mugre son parásitos que han habitado por mucho tiempo junto a mí, rodeando mi cuerpo y atrofiando mi nariz, y justo hoy, como estoico homenaje a mi incertidumbre, se han alzado a danzar con el viento que producen las manos huesudas de este hombre que se pasean por la atmósfera espesa que se refleja en los rayos de luz.

Ha terminado sus preparativos. El hombre de manos tenebrosas camina lentamente a la puerta y luego de abrirla ha hecho entrar a todos de uno en uno hasta mi lecho mientras las personas restantes esperan afuera. El padre Guzmán, serio pero carismático como siempre, me ha dado todas las bendiciones que ha podido recordar al tiempo que pasa por mi frente su mano llena de algo que saca de una botella transparente de no muy gran tamaño.

El siguiente en entrar ha sido Eugenio. La luz proveniente de la sala ha hecho que no logre ver más que su corta y empacada silueta apenas pasar por entre el marco de la puerta. No me ha dicho nada. Sólo me mira a los ojos mientras seca de sus mejillas unas cuantas lágrimas que seguro ha guardado por mucho tiempo. Toma mi mano y parece estrecharla. De pronto sólo ha salido a los brazos de Patricia. Hubiese preferido que sus manos nunca me tocaran, ni cazaran venados, ni halaran gatillos por las noches.

Ahora es el turno de Patricia. Ha entrado despacio, fría y analítica de mi situación y mi porvenir. Yo sé que hay decisiones duras de tomar. Por lo que esta vez no le reprocharé que me use como su pañuelo de lágrimas y apoye su cabeza en mi pecho. Habla y habla sin poder escucharla. De pronto se ha calmado y se ha levantado de mi tórax sin apartar su mirada perdida del suelo. Lo sé. Debe pensar en tantas cosas que seguro han generado una presa en su lengua y traban sus labios faltos hoy de pintura. Su gesto flemático me mantuvo fijo hasta que la perdí de vista al salir de la habitación. Ambos sabíamos que tantas palabras no eran necesarias para un momento como este.

Sin embargo no logro acertar qué tipo de momento es este. Mis masajes semanales no requieren de tanta burocracia y protocolo, además este embajador del más allá no es digno de mi confianza.

Rafita ha sido el último en entrar. Ha ingresado casi empujado por Patricia y se ha venido acercando lentamente por la orilla derecha, rodeando cuanta indumentaria ha traído ese hombre, tratando inútilmente de aplazar lo que ambos hemos rechazado, con más esmero que el resto, en miles de sueños y conversaciones a mudas de padre e hijo. Si tuviera al menos el humano privilegio de llorar, lo haría justo ahora. El único abrazo sincero de la noche ha venido de quien menos ha tratado de expresar una palabra. El resto son tan tontos que creen que los puedo escuchar, y con decir cuanto creen correcto consideran poco importante hacerme saber con sus muecas ridículas al menos si les alegra verme así.

Estoy satisfecho de ver que este pequeño grupo de personas, todos juntos, hayan sacado el rato para hablar conmigo. Sólo que mi mente divaga tratando de imaginar sus motivos.

Rafita no me dijo nada. Se ha ido en silencio. Talvez sintió que no debía hacerme sentir peor.



Capítulo 5. El resultado de tanto alboroto.

Todos se han ido ya. El polvo danza ahora despacio y juega con tres nuevos rayos de luz que nacieron luego de la última vez que el hombre de la bata blanca se asomó por la venta. La espera por saber qué pasa aquí me esta matando desesperadamente. No esperaría más que sólo morir pero me pone nervioso el cómo. Estoy casi seguro que desean acabar con esta carga, sin embargo son tan cobardes como para llegar al punto de dudar en dar sentencia a alguien que ya está muerto. Otros hubiesen esperado a que otra falla cardíaca apareciera, a que una bacteria acabara con migo luego de que me cortaran con la navajilla, que me comieran las hormigas y las alimañas en esa obscura esquina de mi cuarto, o que al fin de cuentas la suerte del todo me diera la espalda y una de esas molestas palomas se parara en la manguera del tanque de oxígeno zafándola. Pero no es así. Es más sencillo ensuciarse las manos y hacerlo por la vía rápida.

Hace poco más de media hora que el doctor dejó de mirar su reloj y salió de la habitación. A este punto no puedo esperar más de la vida que perderla.

Por un momento resignado he cerrado los ojos, o en su defecto, he dejado de querer mirar lo que me queda de frente. Rompiendo la oscuridad el “doctor muerte” ha vuelto a abrir la puerta. Me habla, pero algo no esperado está pasando. ¡Le puedo escuchar! Sin pensarlo dos veces he tratado de mover mis manos, y para mi sorpresa y la del hombre de bata blanca, tengo más movilidad que una oferta de licor al dos por uno.

¡Puedo moverme! ¡Puedo escucharle! ¡Puedo hablarle doctor! Le grito en cientos de ocasiones al doctor que no deja de poner esa mueca desconcertante entre sus ojos.

A lo que responde con evidente enojo en su voz: ¿Pero qué le pasa hombre? Yo sé que usted puede hacer todo eso. Debería sentirse agradecido con Dios de no haber estado presente también esa noche. Bastante desconsiderado es usted al estar durmiendo en esta situación. Vamos levántese. Ya no tiene nada que hacer ni en este hospital ni en la cama de su hijo. No tiene ya porqué preocuparse por su amigo y su familia. Fue su mejor opción optar por esa inyección, además, como usted mismo me mencionó hace unos días: “Estaban muertos en vida”.

El padre Guzmán ya terminó y lo está esperando en la entrada. Los arreglos del funeral están incluidos en el contrato.

Muchas gracias.








No hay comentarios:

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails