5 de abril de 2010

A favor de la luz

El sonido intenso trata de competir con sus palabras. Me mira a los ojos como tratando de atraerme, buscando la dirección de mi mirar, a pesar que sabe que la he estado observando desde temprano. La luz del estante de las botellas, situado detrás de la barra a la cual estoy recostado, choca con mi espalda, por lo que ella logra únicamente percibir mi silueta bordeada de luz como una aurora, mas yo sí puedo ver claramente su rostro frente a mí iluminado del verde neón.

Una mano curiosa incursiona en mi pierna, camina, salta, pero no sobrepasa lo debido. Su mirada sigue anclada en mí mientras la música y las luces comienzan a desaparecer de en medio de nosotros y se esparcen a otros lugares del salón. Ella me incita a poner mi mano en su espalda, y nada más quiero hacer que obedecer esa invitación disimulada. Siempre me ha vuelto loco la espalda de una mujer, y la de ella parece atraerme con mayor fuerza de lo habitual. Trato de dibujar corazones sobre su blusa de algodón brincándome una y otra vez la línea de su sostén, a lo que ella, al darse cuenta, responde por encima del borde de su copa con una sonrisa maliciosa, con esa malicia que tiene guardada para esos días especiales de vodka.

Bailamos ahora aunque nunca he sido bueno para esto. Bailamos con la mirada que ya comenzó a tomar otro aspecto, que ya parece querer mandar sobre nuestra voluntad, y yo comienzo a dejarme llevar por el impulso. Mis pies se han movido al mismo ritmo que los de ella por primera vez, por una simple razón, no nos hace falta movernos. Bailamos uno en la boca del otro, con palabras que ya no basta decir, y ella seguidamente, en señal de consentimiento con su cabeza levemente inclinada, eleva su ceja derecha mientras muerde sus labios. Los dos estamos congelados, en la barra del bar con nuestros pies en posición de ataque, esperando sólo un motivo para salir de aquí.

Un pequeño rayo, invisible para el resto de la gente, nos hace saber qué hacer, estoy seguro, pero me hace a la vez dudar. Obsesivamente quiero saber lo que ella desea para no fallarle esta vez.

Estoy sostenido de una mano en mi pierna, y de la curiosidad de sus ojos entre los míos, borrosos a favor de la dirección de la luz. Cuelgo del humo del cigarro que sale de su boca, y comienzo poco a poco a temer a las alturas, a soltarme y despegarme de ella, de esos ojos que me nutren y ese humo que hipnotiza, que me inmoviliza y me hace querer quedarme, pues no huele a tabaco sino a ella. Recuerdo de pronto que mi mano sigue en su espalda, y la abrazo con fuerza para asegurarme que algo tan débil como el humo de ese cigarro no acabará con todo.

La necesidad de mantenerme junto a ella me ha movido a optar por medidas mayores. Otra mano curiosa toma la suya, la que hasta ahora ha estado jugando en mi pierna. Tomo su mano izquierda con mi derecha. Su mano derecha ya está sobre mi hombro, y formamos un ángulo nuevo, parecemos bailar, ella de pie y yo sentado a su misma altura, sin embargo todavía no nos movemos, al parecer nuestros cuerpos esperan algo más, y aunque aún mantienen la esperanza por una danza transitoria, sólo guardan su fuerza. El silencio se rompe, y una sonrisa pícara se dibuja en sus labios al tiempo que susurro algo a su oído.

Lo estático de las circunstancias ha comenzado a desaparecer. Sus caderas hasta hacía un minuto inmóviles, vibran ahora, y su cuerpo irrumpe en mi cuerpo, lo invade. Aborda en mi espalda con sus manos suaves y se aloja en mi pecho estacionado, envuelto en el suyo. Unísona, su cintura se mueve al ritmo de los sonidos embriagados de erotismo que han vuelto a colarse por nuestra atmósfera de humo. Mis piernas ahora vibran también junto a su cuerpo, lo que le hace sonreír aun con mayor fuerza. Mis ojos sólo danzan, y no me queda más que observar cómo su cuerpo seduce al mío con esas contorciones que me logran sacar de contexto. Pero no tarda mucho. Escasos minutos después ella se detiene y vuelve a clavar su mirada en medio de mi sombra calculando mis ojos. Su ceño está serio, fruncido, y la expresión la hace ver fuerte y decidida, pero no tengo del todo claro cómo ha de ser ejecutada su voluntad.

Pero entre toda esa seriedad exagerada hay algo que no me deja creerle del todo. Su boca deja ver un gesto imposible de evadir. Yo no tengo idea del tipo de impresión que pueda tener mi cara, además ella tampoco lo debe poder apreciar, pero sé que ya lo conoce, o al menos lo ha adivinado bien puesto que otra vez hablamos el mismo lenguaje. Su rostro se acerca al mío mientras yo lo acerco al suyo, mis ojos no se pueden despegar de su boca, perfecta, jugosa, dibujando palabras lujuriosas con el humo suspendido en el aire a la espera de los pocos segundos que restan para que mis labios se hundan en los suyos.

Pero la luz de neón de la barra la detiene de pronto, sin razón aparente. Permanecemos juntos, dos cuerpos abrazados mirándose uno al otro, danzando sin hacerlo, mas ella parece desaparecer entre la luz a pesar que sigue en mis brazos, se desvanece sin que yo pueda hacer nada, sin poderla besar. Se pierde entre el humo del cigarro de cuya desaparición creí protegerme asiéndome a su cuerpo, y a sus ojos. Las luces y el humo se la llevan lentamente, hasta que el bar desaparece detrás de ella y no hay nada en mis manos más que una almohada.

Ella se ha vuelto un objeto, únicamente una almohada entre mis brazos. Lo sé porque conozco a esa almohada, es la misma almohada que siempre he abrazado para dormir. Sin embargo no puedo ver siquiera al trozo de tela que me han dado en cambio suyo. La suave luz de la barra reflejada en su cara se ha vuelto cegante, insoportable para mis ojos. Trato de abrirlos pero tanto brillo es demasiado para mis ojos exhaustos de verla durante toda la noche. De pronto el resplandor desaparece, ella ya no brilla de la misma manera. Abro los ojos lentamente mientras el sol escurrido por la ventana de mi habitación aún me lastima al hacerlo, y recorro cada borde y cada esquina con la esperanza de encontrarla al otro extremo de la barra del bar que ahora es sólo mi cama. He vuelto a soñar con ella. Sólo me ha quedado el olor de su perfume combinado con el humo disperso de aquel cigarro y la sensación de vodka en mi boca, acompañados del sudor frío que suelo sentir cuando algo de insania de la noche anterior recorre mi cuerpo. Trato de ignorar el dolor de cabeza que me ha acompañado desde que la vi por última vez, y me levanto en busca de algún motivo para que ella no hubiera estado al otro lado del sueño cuando desperté. Sin mucho buscar he encontrado una nota junto al espejo del baño que dice:

Chao!! No te quise despertar porque parecías estar soñando conmigo… Por cierto, no te preocupes por el final del sueño, nos vemos a las ocho en el mismo lugar de anoche para continuarlo…

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