26 de abril de 2010

El Teléfono

Hola. Acá tengo un pequeño cuento. Espero les guste.
Saludos!!!


Al llegar la policía, encontraron la puerta de la casa abierta y una carta sobre la mesa del comedor. Decía:

Nunca había sentido la sangre ajena en mis manos. Nunca hasta hoy había sentido no sólo sangre, sino también otras vidas escaparse entre mis dedos perplejos. Nunca había asesinado a nadie.

Quiero decirle a la familia de Pamela que reconozco nunca fui un buen novio, nunca la amé de la manera que ella lo merecía, y nunca permití que mi obsesión se quitara de en medio de nosotros. Pido disculpas a la madre de Pamela por haberla hecho persistir durante tantos días al teléfono para luego sólo haberla hecho escuchar el dolor de mi hermano. Le agradezco por haberme llamado.

De haber conocido el resultado que esto tendría, juro que hubiese contestado ese teléfono desde el mismo martes en que le dije que no quería volverla a ver. Jamás siquiera se lo hubiese dicho. Si hubiese contestado antes, talvez su suerte y la mía serían distintas.

A pesar que me considero fuerte, hay cosas que al parecer no pude arreglar con mis manos, y me arrepiento hoy, pues las he vuelto a utilizar para provocar dolor.

Nunca había sentido la sangre en mis manos.

Aunque de nada valga ahora, le pido perdón a mi hermano también. Él tenía razón. No fui suficiente para ella. Él siempre tenía la razón. Y talvez por saber en lo que esto iba a terminar es que él quería contestar ese teléfono desde antes, y talvez por ese mismo motivo quiso ocultarme la verdad detrás de ese martes por la mañana. Él únicamente deseaba dejar el negocio del tamaño que tenía. Pero yo tenía la razón esta vez.

Mi hermano está acostado sobre mi cama. No busquen a quién culpar. Yo fui quien lo dejó ahí. El resto de él debe estar en el sillón junto al teléfono.

Pamela no merecía morir por mí, por mi falta de humildad, y mucho menos por la culpa que le causó la necesidad de sentirse amada al menos por una vez. Quizá si ambos morimos de la misma forma, en el mismo sitio, entonces talvez nos encontremos de nuevo más allá, y tengamos una segunda oportunidad. Lo haré bien esta vez. Ya saben dónde buscar mi cuerpo.

Enrique.”


Dos horas antes:

“Cuatro, cinco, seis… no lo sé. Ya perdí la cuenta de los días que ha estado llamando” Dijo Enrique al mirar al teléfono que no paraba de timbrar. “¿Por qué no me deja de llamar? Ya le dije que no quiero hablar con ella” Replicó.

“Enrique, ¿Por qué no le contesta?” Preguntó su hermano más preocupado que curioso.

“¡Porque no! Y que ya no me moleste. Si ella quiere decirme algo, ahí está la contestadota. Cuando tenga tiempo levanto el teléfono y hablo con ella. Además, ella no tenía porqué hacerme lo que hizo… Debería agradecer que he tratado de contenerme” Dijo Enrique con la boca llena, mientras tomaba su desayuno como cualquier sábado por la mañana.

Su hermano, al ver la indiferencia con que era tratada su cuñada, pensó entonces en contestar el teléfono. Ambos sabían que la llamada provenía de casa de Pamela.

Al acercarse al mueble de donde provenía el constante sonido, tan cerca como para que fuera evidente que iba a contestar el teléfono, Enrique se levantó de la mesa de manera agresiva, al mismo tiempo que dejó salir algo de la furia que había estado acumulado.
“¡No conteste! ¡No quiero que hable usted con ella! Aléjese de ahí y deje que siga sonando ese teléfono”

Su hermano no lograba ocultar su cara de insatisfacción al tener que obedecer el mandato del novio. “Ok, está bien. Pero no creo conveniente que quiera usted castigarla de esa manera. Ella ha sido una excelente persona con usted. Además debe usted acordarse de las veces en que ha sido malo con ella, que le ha faltado como novio, y aún así Pamela lo ha sabido perdonar” Reflexionaba su hermano, tratando con eso de evocar recuerdos cercanos. “Debería usted ponerse a pensar y a ver qué merece ella y qué merece usted”

“¡Cállese! No es suficiente que suene y suene este maldito teléfono, ahora también tengo que aguantarme sus sermones. Mejor no me haga hablar. Usted debería mejor quedarse callado, y no meterse entre Pamela y yo. No me haga recordarle porqué es que suena este teléfono y porqué no lo quiero contestar. Tampoco piense que le voy a permitir llamarla”
Él se sentó en un pequeño sillón junto al teléfono que no dejaba de timbrar, y objetó: “Enrique, lo que ha pasado no ha sido culpa de Pamela. Ella lo ama. Como a nadie en la vida lo quiere y lo defiende, pero usted tiene que ser franco con ella y con usted mismo, y admitir que no ha sido una buena persona. Ella tiene varios días, meses enteros de estar destrozada debido a sus constantes caprichos, agresiones y traiciones. Le juro que esa noche sólo hablamos. Ella no tenía a nadie más en quien confiar más que yo. Sólo quería desahogarse y yo la escuché. Eso fue todo…” El hermano de Enrique trataba de justificar lo que para él no era más que un mal entendido.

“Que cierre la boca le digo. Ustedes no me van a poder engañar, yo nunca más podré confiar en sus palabras. Usted y yo debemos solucionar este asunto”

“No hay nada que arreglar aquí. Mejor conteste, o al menos déjeme contestar ese teléfono. No haga sufrir más a Pamela.” Dijo su hermano en un tono más que imperativo. “Hágalo bien esta vez Enrique”

Esas últimas palabras parecieron calar en el accionar de Enrique, y vehementemente cambió su mal genio por un poco de tranquilidad que no dejó, eso así, de darle cierto aire de malevolencia.

De pronto el teléfono cesó su repetitiva canción y no se pronunció ninguna otra palabra junto a él. No hubo más sonido en la casa que el retumbar momentáneo de dos corazones, y un plato quebrándose en el piso seguido del característico eco de sus pedazos de vidrio esparciéndose por entre el resto de las habitaciones. Luego, un silencio todavía más aterrador gobernó el aire de la casa.

Al mismo tiempo que buscaba en la cocina un trapo para limpiarse las manos, nervioso, Enrique comenzó a susurrar: “¿Porqué me hacen esto? ¡Yo no quería que nada de esto pasara!” De pronto ya corría. Lavó rápidamente su ropa y se apresuró a lanzar el cuchillo de la mantequilla al otro lado de la calle. Casi inconcientemente se sentó a escribir luego de haber buscado las llaves de su carro, mientras sus lágrimas comenzaban a caer sobre la mesa.

Un poco más tranquilo, y luego de haber analizado su situación y pensado varias veces en sus decisiones, Enrique tomó el teléfono y habló de la manera más natural posible en esos casos. “Aló, buenos días. Acaba de suceder una desgracia. Sí señora, casa dieciséis, barrio Santa Lucía. Gracias…”

Al llegar la policía encontraron la puerta de la casa abierta y una carta sobre la mesa del comedor. Pocos minutos después una noticia era titular en todos los noticiarios: “Por segunda ocasión desde el jueves, ha muerto una persona después de lanzarse del puente del tren sobre el río San Felipe…”

5 comentarios:

Mary Lazo dijo...

muy buenooo, sólo que los tiempos pierden un poco al lector, si Pamela esta muerta quien lo llama?, ok de la casa de ella... y para que?
ok, para lo que sea, entonces porque hablan de ella en presente progresivo!
Pero fuera de eso, esta excelente! ;)

Michael dijo...

je je pura vida. Es que la historia no tiene orden cronológico. La carta con la que empieza es la que explica lo que pasa al final. A él lo llama la mamá porque Pamela tiene días de muerta y por eso Enrique mata al hermano, porque ella se mató por la culpa de darle vuelta con su hermano. Bueno, algo así je je
Muchas gracias! Saludos.

Amorexia. dijo...

desde donde se mire hay tragicomedia.

Buena reiteración en la construcción literaria. (!!!?)

Deshora

*°·.¸¸.° Heidy °·.¸¸.°* dijo...

me encantó!

Michael dijo...

Amorexia: Construcción literaria! Me gusta eso! ja ja.

Pura vida!

Heidy: Que bueno Heidy. Muchas gracias!

Saludos!

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