27 de febrero de 2010

De cuando Andrea dejó de ser una hormiga

Andrea se instaló bajo la sombra de un árbol, sobre una banca en el patio de su casa. Estática, hermética, con la mirada fija en el vacío del aire, pasaba los días. Todas las tardes, con sus descubiertas rodillas juntas y la espalda corvada, clavaba fijamente la mirada en espera que algo del adormecido jardín tomara vida. Figuras diminutas rompían de pronto la tensión de la nada sólo al estar seguras de no ser vistas, pues Andrea, paralizada como una piedra más del jardín y con los ojos sentados en el lugar justo, lograba observarlas con esa mirada del par de frijoles brillantes bajo sus cejas espesas.

Pequeñas manchas negras marchaban sobre el cable que comunicaba la caza con el tendido eléctrico. Andrea, con forma de duende de piedra, no podía ocultar la sonrisa que le ocasionaba ser testigo del ingenio de las hormigas, al evitarse los cuatro metros del arriesgado césped. A veces pensaba que las hormigas actuaban como humanos. Nunca dejaban de caminar, nunca satisfechas con lo que poseían, buscaban más sólo para almacenarlo por ahí. La mayoría del tiempo parecían humanos con carga sobre sus espaldas. Otras veces eran todo lo contrario a un humano, caminaban en perfecto orden, respetando el camino de cada quien, y ayudando con la carga de hojas a quien no pudiese solo.

Andrea comenzó a sentirse una hormiga cuando por primera vez comió de las hojas verdes que su madre preparaba. Se dio cuenta que eran las mismas hojas que sus amigas acarreaban sobre su espalda. Lo malo de parecer hormiga comiendo hojas verdes, era que su madre tenía que sacarla de la inmovilidad para llevarla al comedor, lo que hacía que las hormigas desaparecieran de su vista como transportadas por el soplo del viento de la tarde. A pesar de ser humana de nuevo, ella era la niña-hormiguita más feliz del mundo comiendo esas hojas verdes. Caminaba de cuatro patas simulando el paso de las hormigas, colocaba cubiertos en su boca figurando un par de tenazas, olfateaba a las personas de su casa para saber a qué colonia pertenecían. Vivía la vida de una hormiga mientras sus risas llenaban su casa de olor a flores y tierra mojada.

Andrea era una hormiguita para ella misma, pero una niña poco común para su madre, por lo que preocupada, comenzó a agregar trocitos de frutas a las hojas verdes en espera de un cambio.

Una tarde Andrea regresó corriendo de la escuela, lanzó sus cosas desde la puerta de habitación y sin ver dónde fueron a dar, cambió su uniforme por los trapos ralos que siempre usaba para disfrazarse de maseta en el jardín, y corrió de nuevo a sentarse en la misma banca. Ese día, después de convertirse en parte del jardín, llegó a la conclusión que las hormigas eran aún más parecidas a los humanos de lo que ella creía. Después de cada cuatro hormigas con una hoja verde, una hormiga con una hoja seca, totalmente amarilla, avanzaba tras de ellas. Era como estar en la clase de matemáticas. Una de cada cinco hormigas era diferente al resto. Andrea había siempre creído que todas eran idénticas, sin embargo ahora sabía que también en ellas había permiso para cambiar de opinión. Como los humanos, las hormigas tenían números, caprichos y uno que otro misterio.

Ella sonreía con sus labios de barro viendo pasar las hormigas, hasta que de pronto, las hormigas ya no caminaron más sobre la cuerda colgante. Perdieron repentinamente el equilibrio. Hojas verdes y amarillas volaban por igual a través del espacio del jardín de la madre de Andrea. La quietud sostenida por la discreción de las hormigas se había roto con el sonido del aire movido por todo ese alimento desprendido. Andrea trató de hacer algo, pero ella ya era parte del entorno. Sus manos se convirtieron en ramas inútiles, su cabeza era una roca y sus pies echaron raíces en la tierra. Todas las hormigas volaban sin control mientras la fina cuerda se sacudía con la fuerza que debía haber guardado toda la quietud del jardín concentrada durante años. Ella volvió su mirada hacia todas direcciones para poder ver la causa de todo ese alboroto, y mientras sentía su tronco quemarse por la vibración del cable acercándose a ella, fácilmente lo halló.

Un enorme y descuidado pájaro había posado sus patas sobre el cable exactamente frente a ella, agitándolo nefastamente con su peso. Las pequeñas obreras no tuvieron tiempo siquiera de despedirse de Andrea antes de caer al vacío incierto y luego perderse en el verde homogéneo del forraje. Una lágrima de sabia, de ese tipo de sabia intensamente roja, se secó en la áspera mejilla de roca de Andrea al mismo tiempo que otras cuantas cayeron sobre la banca. Ese fue el único llanto que ella pudo sollozar. No pudo gritar, ni correr ni defenderlas. .

Como ya era costumbre, a las seis de la tarde su madre iría, la sacaría del letargo y la llevaría a comer las hojas verdes que tanto disfrutaba, pero no fue así esa vez. Cuando su madre apareció, rompiendo el encanto después del disturbio, Andrea se soltó al fin a llorar, y lloró todas las lágrimas de agua que había guardado mientras esperaba a volverse de carne de nuevo, y maldijo a todos los pájaros bruscos y despreocupados. Desde ese día no volvió a comer más hojas, ni verdes ni secas.

A partir de esa tarde Andrea fue otra vez una niña normal para los ojos de su madre. Ya no era parte del jardín, ahora corría sobre el lugar donde sus amigas habían caído, volaba sobre los techos de las casas, y comía de todas las frutas que le ofrecieran en los jardines vecinos. Aunque parecía haber olvidado cómo ser una roca, a veces se sentaba en la misma banca de madera del jardín. Los trapos viejos ya le quedaban apretados, pero de igual forma se las ingeniaba para amontonar sus manos apretadas entre sus rodillas descubiertas y perdía su mirada en algún rincón a la espera de alguna hormiga, pero ya nunca encontró otra hormiga. Los pájaros que habían comenzado a frecuentar ese patio la sacaban del embrujo antes de comenzar. Y poco a poco comenzó a querer ser como un pájaro.

Hasta hoy, después de la escuela, se puede notar a Andrea subirse usualmente por una escalera y sentarse en el techo de su casa, con la mirada igual de perdida que antes, esperando la llegada de algún pájaro para poder, tratando de olvidarse de que era una hormiga, jugar a que puede volar con ellos.

2 comentarios:

Amorexia. dijo...

=)

mae!

mae

exclente post, me encanta la simpleza y la naturalidad de los actos, como si sucediera.

Deshora.

Michael dijo...

Pura vida don Amorexia!

Me alaga la calificación.

Saludos.

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails