23 de enero de 2010

No más poemas para tí

Quiero tratar de pensar que sigues ahí, sonriéndole a la pared como si te fuera a decir algo con sólo ver ese par de labios fruncidos de sentimientos, negándose a salir de tu boca. Abro la puerta de la habitación donde te vi por última vez. Te busco. La silla que usabas para ver por la ventana sigue tan vacía como el día que te escribí aquel último poema. Miro hacia la cama. A medio camino cierro los ojos como esperando que al abrirlos de nuevo la luz te dibuje sobre las sábanas que no he doblado desde entonces. Abro los ojos y no estás.

Recuerdo ese, tu lugar preferido para esconderte a llorar durante las temporadas difíciles, e ilusamente me dirijo a tu armario. Un toque, después otro toque, tres rápidos, y luego otro más pausado que los anteriores. Toco la puerta, pues recuerdo también que era tu lugar secreto (excepto para mí). No respondes. Abro poco a poco para que la luz no te lastime los ojos al despojarlos de la oscuridad y dejarlos en café claro, o color miel como siempre dices. Los largos vestidos me tratan de hablar de ti, como distrayéndome mientras escapas detrás de mis ojos, los aparto, siento coraje, los lanzo al suelo. Ningún vestido me va a apartar de ti esta vez. Me deshago de todos esos fantasmas colgantes, y no estás tras de ellos. Te has escapado de una vez más.

Vuelvo la mirada hacía la ventana de la oscura y difusa recámara. Sólo mi respiración corta el silencio, agitada, impotente, furiosa de nuevo. Me siento en la cama y lloro. Como un niño descargo mi furia en las lágrimas que terminarán siendo secadas como antes por mi manga izquierda. El exceso de líquido en mis ojos se revuelve con las figuras ya de por sí difusas por el tiempo. Mis lágrimas te reviven en la pared, junto a la ventana cuelgas en forma de una bata amarilla. Te miro, estás ahí al fin. Me levanto de prisa, seco las gotas que cuelgan aun de mis pestañas, corro, y lloro otra vez en el trayecto. Estás frente a mí de nuevo, me sonríes como antes. Tu sonrisa me hace olvidarlo todo, todo está bien ahora. Podré otra vez refugiarme en tus brazos. Te abrazo, con mis manos golpeo la pared de la emoción mientras te rodeo con mis brazos, tu aroma descompone mi reloj y me pierde en el tiempo. Me miras, me dices con los ojos que me amas y quiero darte un beso, después de tanto tiempo ya no recuerdo el sabor de tu boca húmeda por la neblina de la tarde. Te alejas, no me dejas besarte, luego sonríes por última vez y te desvaneces en mis manos como agua. Eres sólo una bata amarilla tirada en el piso marrón.

El tiempo vuelve, son las cinco con treinta de nuevo. Un mundo entero se atraviesa en mi garganta, y juro a dios que no volveré a llorar por ti. Te cuelgo en el perchero azul de donde te arrebaté sin permiso, y luego camino hacia tus vestidos para levantarlos del suelo. Una lágrima rueda todavía por mi mejilla. Recojo los vestidos del suelo, los acomodo en el orden que siempre han tenido, y cuando termino de colgarlos encuentro algo en el suelo. Es una carta.

Levanto la carta del suelo y abro sus gastados pliegues. Esta escrita por tu mano. Me dices que te has ido. Nos has querido despedirte porque será mejor así. Me dices que no quieres recordarme con lágrimas en mis ojos, no soportarías la imagen mía despidiéndome en tu hombro. No soportarías lavar mis lágrimas secas de tu ropa. Dices que te vas, no hay fecha de regreso. Ese tipo de viajes no tienen horas ni días. Sólo debo esperar, mandar a callar a mi corazón mientras, aprieto mis labios. Veo que resultó fácil escribir la carta, la letra está intachable, además no observo lágrimas capturadas por la hoja de papel amarilla sólo de tantos días.

La noche cae sobre mi cabeza. Mi respiración parece calmada de nuevo. Cierro la carta mientras me pregunto cómo ha sido tan sencillo partir para ti. No puedo, rompo la promesa momentánea. Lloro. Tu carta sabe a sal en mi boca. Tu carta me hace gritar como una madre que pierde un hijo. No entiendo porqué no me querrías ver llorar, si al final a los dos nos ha tocado hacerlo por separado. Me gustaría al menos por hoy poder llorar junto a ti.

Resignado devuelvo la carta al sobre. Tu vestido de flores me ha servido para guardar tus palabras amarillas. El quinto vestido, junto al que he usado para guardar la carta, me sirve para secarme el rostro. Cierro el armario, acomodo la silla por si el viento la ha movido de su lugar. Las sombras se acomodan de nuevo en el ángulo que deberían tener a las cinco y treinta y seis de la tarde. Cierro la puerta de la habitación. El oxígeno ha vuelto a la casa mientras preparo un café. Ya no sangran mis nudillos. Tomo mi taza, me siento y pienso en tu viaje. Pero ya no quiero escribirte más poemas. No lo haré. No quiero tener que ver cada día un papel más con tu letra y esas manchas como de agua alrededor. Tomo mi café mientras me preparo una vez más, y pienso en cómo hacer para no llorar mañana al darme cuenta de nuevo que te has ido.

6 comentarios:

adro dijo...

Me gusta! :D

Me parece que está muy muy bueno y bastante profundo

Michael dijo...

Muchas Gracias don Adro.

Saludos.

*°·.¸¸.° Heidy °·.¸¸.°* dijo...

Ay Mike,juro que me heló la piel este texto. Me encantó!

Escribes de tal forma que haces que sienta cada palabra y me identifique tanto con tus post.

Me encantó!!

Saluditos

Michael dijo...

je je muchas gracias Heidy!!

Saludos!

©hannibal dijo...

Te invitamos al reto

http://loscaballerosdeladamadecristal2.blogspot.com/

Contamos con tu presencia.

Saludos
Los Caballeros de la Dama de Cristal

Anónimo dijo...

</3

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails