16 de septiembre de 2009

La Noche del Peregrino

Hola Gente. Como las clases empezaron hasta esta semana, tuve unas noches bastante libres en mi casa, así que me senté frente a la computadora y bueno, salió esto. Siempre me ha gustado las letras, y aunque soy más aficionado que otra cosa, pués aquíl les traigo este pequeño (ni tanto) cuento a ver qué me dicen. Está un poco largo. Ahí me cuentan qué les parece. Saludos.



La Noche del Peregrino



Lo único visible desde ese punto era un camino que daba a una inmensa laguna a través de unos cuantos minutos de selva. El rancho estaba clavado en un claro, en la inmensidad de la selva tropical del atlántico. Alrededor de la cabaña había sembrados unos cuantos árboles de cacao además de otros desconocidos árboles frutales.


Al ver la estructura recordé inmediatamente una vieja casa de madera abandonada que estaba junto a la casa de mi abuelo. Esa casa fue uno de mis mayores temores durante mi infancia, siempre llena de misterio, silencio y de sombras efímeras.


El refugio tenía aspecto de haber estado deshabitado por un largo tiempo. Al menos tres o cuatro años nos indicó Juan, un guía indígena del lugar, antes de abandonarnos adentrándose de nuevo en el bosque para volver el día siguiente por nosotros. El galerón estaba formado por unas cuantas latas sostenidas por vigas de madera internas, semidestruidas por el comegén. El techo estaba hecho de hojas de una especie de palma que abunda en la zona, pero de tanta agua brisa y abandono, el sol se colaba fácilmente por entre los huecos que se habían formado entre las trenzas de hojas, formando un inusual espectáculo de círculos y líneas de luz entre la oscuridad del vacío y el piso de tierra de la parte interior. Sólo debíamos pasar una noche ahí, lo cual no me llenada de mucha satisfacción.


Y el día ya casi no es día. Calló la tarde sobre las copas de los árboles y el sol agotó sus últimos reflejos sobre las pequeñas ondas de agua en el amplio pozo de cristales, que se hace un solo mundo contra la montaña entre los interminables muros de ramas acuáticas de los manglares. De pronto, entre la inmensa oscuridad que se encarga de cubrir de tristeza lo que horas antes fue una fusión de verde, celeste y un poco de rojo, aparece una radiante luz en el gris del cielo, en medio de ese místico tránsito mitad día mitad tiniebla. Valiente entre todas aparece la primera estrella de la noche, parpadeando entre la gigantesca sombra y las ramas de los almendros y los laureles, como batallando por no ver apagarse su luz. Poco a poco después de esta, comienza en el cielo a verse toda una secuencia de pequeñas luces que van dando forma a lo que los hombres hemos llamado constelaciones.


Poco a poco se hizo de noche, y se sentía extraño tener que buscar una candela para poder verse incluso las manos después de haberse puesto el sol. Una vez acomodadas todas las nuevas sombras del monte y todas las nuevas luces del firmamento, quedaba muy poco por hacer entre tanta tranquilidad. Por un momento parecía que todo lo despierto hasta ahora, se había dormido junto con el sol, pero otro mundo despierta cuando el día duerme. Miles de fascinantes sonidos invaden el silencioso anochecer de la selva. Un grillo es el primero en afinar el concierto, luego; la voz del sapo, que aunque por sí sola parecería desafinada, toma su lugar dentro de la compleja sinfonía.


A lo lejos es fácil inclusive escuchar a las endemoniadas aves nocturnas cuales espectros de la noche, con su misterioso cantar, creando ese aspecto tenebroso de la selva primitiva e impenetrable, siempre llena de misterios. Después de ellos, la noche se llena del nuevo canto, ahora nocturno, de los miles de habitantes del bosque.


La pesca es buena después de las dos de la mañana, según dicen los nativos del lugar. A la una y treinta saldríamos del rancho, caminaríamos diez minutos por el sendero entre la montaña y luego abordaríamos el bote que estaba escondido en las gambas de un gigantesco árbol de gavilán a la orilla de un canal que desemboca en la laguna, cuya existencia muy pocos conocen. Había que descansar para poder darle batalla a los peces y a los mosquitos, por lo que la tranquilidad de la agreste montaña ayudaría a dormir un poco hasta la hora de levantarnos por la madrugada.


Felipe se acostó a dormir sobre una lata de zinc en el suelo, Alberto sacó una incómoda hamaca que cargó por toda la selva, sólo para dormir lejos del suelo y por lo tanto, según él, lejos de las culebras. Yo encontré unas tablas secas y me recosté ahí sin el mínimo problema. Lo único que comimos fue unas galletas que compramos en el último pueblo. Hablamos una rato, y las siete de la noche estábamos todos ya dormidos, cansados del largo viaje de día y medio desde la cuidad.


A mitad de la noche, escuchamos entre las ramas la presencia de un visitante peregrino de la montaña. Todos despertamos al instante. Un sonido extraño, entrecortado, delataba su agitada respiración inclusive a la distancia. De pronto, la respiración se detiene, y tarda varios segundos en silencio, con una dimensión casi de horas, para comenzar de nuevo a percibirse. Ahora el sonido se multiplica entres los árboles, y en cuestión de segundos todo un ejercito se encuentra rodeando la cabaña, emitiendo una hasta ahora desconocida vibración en el aire del lugar. Se siente el miedo en la habitación., casi se podría tocar con los dedos la tensión en la atmósfera del lugar.


Sería muy estúpido salir a tratar de averiguar qué estaba pasando allá afuera en medio de la noche, sin más respaldo que nuestra espalda. Decidimos pasar la noche en vela, despiertos a la espera de que la legión fuera de la cabaña hiciera su próximo movimiento.


Entre las hendijas de las latas del rancho sólo lográbamos ver sombras en constante movimiento, relevándose lentamente entre la profundidad del bosque. Teníamos que esperar hasta los primeros rayos del sol para poder salir con un poco más de seguridad del rancho, pues sin duda nos superaban en número. Mientras amanecía teníamos que idear un plan de escape. ¿Quiénes serían esas personas? ¿Quién les habría dicho que estábamos ahí? ¿Habría sido el guía? ¿Qué querían de nosotros? Sólo debíamos esperar.


Miles de fantasmales ideas pasaron por nuestras cabezas durante todo ese tiempo. Poco faltó para que Alberto comenzara a delirar con tantas cosas que se le venían a la cabeza, al ver esas sombras por entre las hendiduras de las paredes. Felipe se mantuvo callado, sentado en una esquina, con los brazos rodeando sus piernas, los dientes apretados y la mirada perdida, sólo movía sus labios, pero no producía ningún sonido. La hipertensión y la necesidad de un cigarro, me estaban empezando a jugar una mala pasada, pero debíamos resistir fuertes.


La luna salió alrededor de las tres. A pesar de la ayuda que la noche nos prestaba ahora con un poco más de luz, no logramos ver más que cuerpos torpes alrededor de nuestro resguardo, caminado como espectros sin vida en busca de algún alma perdida de la cual apoderarse para consumirla en el mismo infierno. Otras veces sólo se arrastraban. Buscaban algo que les fuera de valor entre los troncos volcados junto a la cabaña, pero no se animaban a irrumpir en ella. Algunas veces se les veía pelear entre ellos, luchaban en el suelo constantemente. Lo más interesante es que pesar de todo, algo les obligaba a quedarse afuera, a la espera de nuestra debilidad. Aun con luz de la luna seguían siendo tan obscuros como la noche.


Los primeros rayos del sol comenzaron a asomarse a las cinco con diez de la mañana. Los tres pescadores seguíamos atrincherados en ese cuarto estrecho, a la espera de algún movimiento desde afuera. Estábamos intrigados ante el misterio de saber lo que nos sucedería al salir, pero al fin decidimos que lo mejor era tratar de hablar con ellos. Felipe, después de haber estado tan calmado, estaba ahora desesperado por enfrentarlos, pero Alberto y yo no estábamos tan convencidos de querer salir de esa manera tan apresurada del refugio.


Después de haberlo discutido por un rato, a las cinco y cuarenta y tres abrimos la puerta del rancho. De pronto, todo el ruido producido por el batallón formado a nuestro alrededor se quedó en total silencio, y antes de haber abierto la puerta por completo, nadie de todos los moradores antes presentes estaba ya a la vista. En ese momento no sabíamos que hacer. Se percibían muy poco preocupados de nosotros cuando estábamos dentro, pero de pronto la presencia de tres insignificantes personas era suficiente para hacer esconderse a tantas. Al menos eso pensábamos.


Caminamos hacia el exterior de la cabaña de manera muy prudente, después de tres eternos minutos parados en mitad del claro en pleno silencio, de la nada, como una flecha sin rumbo, Felipe corrió despavorido hacia el interior de la choza. ¡Nos van a atacar! ¡Por eso se esconden! ¡Nos van a atacar!- Gritaba mientras parecía volar sobre el fangoso terreno. Nos quedamos atónitos ante tan repentina y apresurada reacción, pero no tuvimos más opción que seguirlo en medio de la forzosa huida.


Una vez de nuevo en el rancho, Felipe nos contó que tiempo atrás había escuchado acerca de los cazadores de una tribu que habita la zona. Eran caníbales y se llamaban Choawaos. Caníbales que se caminan entre la noche hasta encontrar a sus presas totalmente descuidadas de su presencia entre la montaña. Se camuflan en el bosque hasta que la presa está lo suficientemente cerca como para atacarla sin oponer la mínima resistencia. Decidimos quedarnos otro tiempo en el interior del rancho para detallar mejor nuestro plan, ante la nueva amenaza que representaban nuestros visitantes.


A las ocho de la mañana todo el bosque estaba en un tenso y seco silencio. Hacía ya más de dos horas desde que escuchamos por última vez a nuestros cazadores. Ya ni siquiera los pájaros del día anterior cantaban su canción de agua. Decidimos que era tiempo de emprender la huida entre el sendero hasta llegar a la laguna, y de ahí correr hasta el canal donde se encontraba el bote, dado que una vez en el agua sería más fácil escapar. Cinco minutos fue el tiempo que calculamos suficiente para poder completar todo el recorrido. Juntamos todas nuestras cosas y aunque para esa hora ya el hambre y el sueño perdido nos estaban empezando a afectar, ya habíamos dado por descartada la pesca e indudablemente cualquier descanso hasta estar a salvo.


Abrimos la puerta de nuevo, todo alrededor era calma. Resolvimos recorrer la parte del claro caminado lentamente para no hacer ruido con las hojas secas, y correr como alma que lleva el diablo una vez protegidos por la estrechez del sendero. Cuando estábamos a punto de salir del claro, un objeto pequeño y duro, como una piedra, impactó mi cabeza por la parte de atrás. Era una semilla. Felipe comenzó a gritar de una manera más desesperada que valiente. ¡Desgraciados! ¡Vengan por mí de una vez!- Mientras caminaba alrededor del rancho como tratando de que todos los que estaban escondidos lo pudieran ver bien, como en forma de auditorio. Alberto y yo nos quedamos inmóviles.


En esos momentos, parado en medio claro, yo me preguntaba en mis adentros: ¿De donde había venido eso? ¿Por qué un caníbal me estaba atacando con una semilla? Pocos minutos después, una negra nube de cientos de semillas volaba desde el verde profundo del bosque en dirección a nosotros, no tuvimos oportunidad de defendernos. El ataque fue rápido y certero, Felipe tenía un enorme chichón en la frente, Alberto tenía un ojo lastimado, y yo un labio roto debido a una enorme semilla de algún fruto extraño de la montaña. Después de tan poco usual evento, no nos cabía en la cabeza porqué esos desconocidos nos atacaban con semillas, pudiendo haber utilizado lanzas, dardos envenenados o incluso flechas.


Totalmente resignados a morir ahí a manos de los invisibles caníbales, dejamos caer todo al suelo, alzamos las manos y nos hincamos en son de rendición. Nos dimos cuenta que de nada nos valía resistirnos, estábamos rodeados. El silencio reinada nuevamente en el bosque. De repente, entre las ramas del bosque apareció una figura humana, era Juan, el guía que nos había traído el día anterior a ese lugar. En ese momento todo estaba claro. Juan era parte de los Choawaos. Juan había planeado el ataque desde el mismo momento que nos dejó solos en el bosque.


¿Cómo ir con la pesca? ¿Ver que buenos bagres se sacan acá? ¿Qué hacer así en el suelo? ¡Levántense!- Dijo muy tranquilo el hombre. ¡Ya sabemos de qué se trata todo esto!- Respondió Felipe – ¡Mátenos de una vez caníbal!- En ese momento Juan soltó una sorprendente carcajada, no podía parar de reírse, parecía que algún extraño espíritu había invadido el cuerpo de ese hombre en ese instante. Se debe ser bastante sádico y cínico para ser caníbal- Pensaba yo con mi pésimo sentido del humor.


De repente todo el bosque volvió a quedar en silencio. Lo único que se podía escuchar era el sudor bajando por nuestros rostros, y el viento sacudiendo las ramas. Juan había logrado tomar aire después de sus incomprensibles y extensas carcajadas. Sólo queríamos saber qué iba a ser de nosotros, y estábamos a merced de ese viejo loco que se burlaba de nosotros en nuestra propia cara. -Pónganse de pie- Dijo de pronto el hombre, a lo que accedimos sin siquiera preguntar. -¿Qué ver a su alrededor? ¡Respondan!- Pues nada ¡No vemos nada!- Respondió Alberto. –Ese ser mi punto- Añadió el indio- No haber nada ahí.


Las palabras del hombre fueron un alivio momentáneo. No había ningún batallón ahí afuera, lo que rápidamente generó nuevas dudas en nuestras mentes –Entonces ¿Quién nos lanzó todas esas semillas? ¿Usted nos va a comer?- Preguntó Felipe. El indio quiso comenzar a reír otra vez al ver nuestra cara de total aturdimiento, pero contuvo su risa para explicarnos. –Ustedes sólo buscar el peligro de frente, pero no recordar que bosque ser alto y muchos que vivir en la montaña correr como cabro por las ramas. Yo no querer comer a nadie. Ellos tampoco querer. Mirar para arriba- Dijo el viejo mientras señalaba hacia el cielo con su dedo índice.


No podíamos creer lo que nuestros ojos estaban viendo. En las copas de los árboles se columpiaban como acróbatas de circo decenas de monos cariblancos. Algunos saltaban jugando de una rama a otra, mientras otros monos no nos perdían de vista ni un segundo. – ¡Ellos ser quienes querer comer a ustedes!- Fue lo único que pudo decir el guía antes de soltar la risa nuevamente. Habíamos sido atrincherados y asustados casi al borde del infarto por un grupo de inofensivos monos. El viejo nos explicó que los árboles frutales alrededor del rancho eran utilizados por los monos para alimentarse, y no les gustaba que nadie los rondara, pero eran tan miedosos que subían a las copas de los árboles a lanzar semillas a quienes se acercaran a su alimento.


Ese día estábamos tan cansados y con tanto coraje, que a pesar de no correr el mínimo peligro, decidimos, olvidar por un largo tiempo la idea de pasar otro día más en el bosque. Con respecto al guía, tenía toda la razón de burlarse de la situación en la que nos encontró. De hecho no podemos contener la risa cada vez que hablamos acerca de dicha experiencia.

4 comentarios:

Alvaro dijo...

Muy buena historia, muy descriptiva y con buen final. En la parte donde les comienzan a lanzar semillas, vi por donde iba la cosa y me dije: seguramente son monos.

Lo felicito, buena historia.

Es bonito eso de escribir, y siempre he tenido la idea de hacerlo pero no lo he hecho. En algún momento lo haré.

Saludos,

Michael dijo...

Muchas gracias por el comentario don Alvaro!

ja ja diay las semillas no sé ni de donde las saqué, ocupaba algo para empezar a debilitar la teoría de los caníbales.

Claro, si le gusta escribir pués dele camino! Yo me relajo mucho sentándome a escribir algo. Talvez y le termine de gustar.

Saludos.

Le Chat Rose dijo...

Uy que buena historia me encanto!!!

Muy buena las descripcciones que me pude imaginar todo!!!

Muy bueno Mike!!!

Pdta: Sacale foto al chanchito de coco jajajaja :D

un abrazo!!

Michael dijo...

Muchas gracias Chat!!

Y vieras que la escena en realidad existe. Cuando vaya por ahi saco unas fotos a ver si le anduve cerca con la descripción, claro que eso será cuando tenga vacaciones jeje.

En todas con el chancho! A más tardar mañana te hago llegar la foto.

Saludos!!

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